Su marido la llevó a una cabaña abandonada para que muriera, pero allí la esperaba un encuentro inesperado.

Su marido la llevó a una cabaña abandonada para que muriera, pero allí la esperaba un encuentro inesperado.

—Lo sabía… —susurró, con lágrimas silenciosas—. Lo sabía…

La niña apretó los puños.

—¡Es un monstruo!

El hombre suspiró.

—He visto casos así antes… pero nunca deja de sorprenderme hasta dónde puede llegar la gente por dinero.

Se levantó y empezó a preparar otra mezcla.

—Aún no estás fuera de peligro. El veneno está en tu organismo desde hace tiempo. Pero… —la miró directamente—, si tienes ganas de vivir, podemos luchar.

Larisa cerró los ojos un momento. Pensó en su vida. En todo lo que había construido. En lo que había perdido por amor.

Y luego, con una determinación que no sentía desde hacía mucho tiempo, asintió.

—Quiero vivir.

El hombre sonrió levemente.

—Bien. Entonces no morirás hoy.

Pasaron varios días.

La cabaña, que antes parecía un lugar de muerte, se convirtió en un refugio inesperado. El curandero —Iván— la cuidó con paciencia, administrándole remedios naturales, vigilando cada cambio en su estado.

La niña, cuyo nombre era Anya, no se separaba de ella.

—Cuando te pongas bien —decía—, tienes que venir a mi casa. Papá cocina fatal.

Larisa incluso logró reír, débilmente.

Poco a poco, su cuerpo comenzó a responder. La fuerza regresaba, lentamente, pero de forma constante.

Y con ella… la claridad.

—Tengo que denunciarlo —dijo una noche, mirando el fuego—. No puede salirse con la suya.

Iván asintió.

—Pero tendrás que hacerlo con cuidado. Él ya preparó su historia.

—Lo sé —respondió Larisa—. Pero cometió un error.

—¿Cuál?

Ella lo miró con firmeza.

—No terminó el trabajo.

Dos semanas después, Larisa estaba lo suficientemente fuerte para caminar por sí sola.

Iván la llevó hasta el borde del bosque, donde un camino de tierra conducía al pueblo.

—A partir de aquí, puedes seguir sola —dijo.

Anya la abrazó con fuerza.

—No te mueras, ¿sí?

Larisa sonrió, con los ojos húmedos.

—No pienso hacerlo.

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