Su marido la llevó a una cabaña abandonada para que muriera, pero allí la esperaba un encuentro inesperado.

Su marido la llevó a una cabaña abandonada para que muriera, pero allí la esperaba un encuentro inesperado.

—Se llama Iván… pero todos le dicen “el curandero del bosque”. Si alguien puede ayudarte… es él.

Y sin esperar respuesta, la niña salió corriendo, perdiéndose entre los árboles como una pequeña sombra ágil y decidida.

Larisa quiso llamarla, detenerla, pero su voz apenas fue un susurro que se perdió en la oscuridad de la cabaña. El silencio volvió a envolverla, pesado, casi asfixiante. Afuera, el viento comenzaba a soplar con más fuerza, haciendo crujir las paredes viejas, como si la casa misma estuviera viva.

Cerró los ojos. Una parte de ella quería rendirse. Era más fácil dejarse llevar por el cansancio, por esa debilidad que la consumía desde hacía meses. Pero otra parte, pequeña pero obstinada, se aferraba a la vida.

“No… no voy a morir así… no por él.”

El tiempo pasó lentamente. No sabía si habían sido minutos o horas cuando escuchó pasos nuevamente. Esta vez no eran ligeros como los de la niña, sino firmes, pesados.

La puerta se abrió.

Un hombre alto, de barba entrecana y mirada cansada, apareció en el umbral. Llevaba una linterna y una bolsa de cuero colgada al hombro. Detrás de él, la niña lo miraba con urgencia.

—Papá, rápido… ¡ella se está muriendo!

El hombre se acercó sin decir palabra. Sus ojos recorrieron a Larisa con atención, con una concentración casi inquietante. Se arrodilló junto a ella y tomó su muñeca para sentir el pulso.

—Débil… —murmuró—. Muy débil.

Sacó de su bolsa unas pequeñas botellas, hierbas secas y un frasco oscuro. Preparó una mezcla con rapidez, como si lo hubiera hecho mil veces.

—Bebe esto —ordenó con voz firme, acercando el líquido a sus labios.

Larisa dudó un instante. Después de todo lo ocurrido, confiar en alguien le resultaba casi imposible. Pero la mirada del hombre no tenía el brillo frío de Gleb. Era distinta. Era… honesta.

Bebió.

El sabor era amargo, intenso, pero a los pocos segundos sintió algo extraño: un leve calor recorriendo su cuerpo, como si una chispa de vida se encendiera dentro de ella.

—¿Qué… qué me pasa? —susurró.

El hombre no respondió de inmediato. En cambio, sacó una pequeña linterna y examinó sus pupilas.

—Te han estado envenenando.

El corazón de Larisa se detuvo por un instante.

—¿Qué…?

—No es una enfermedad —continuó él con calma—. Es un veneno lento. Bien dosificado. Provoca debilidad, fallos en los órganos… parece natural. Difícil de detectar.

Larisa sintió que el mundo se derrumbaba una vez más, pero ahora todo tenía sentido.

Su cansancio constante.
Los dolores inexplicables.
La falta de energía.

Gleb.

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