“¡Tamales de Oaxaca! ¡Frescos y calientes!”, gritó con una calidez que disimulaba su cansancio.
Algunos días los pasaba en casa, después de haber vendido casi todo. Otros días volvía con sobras, pero siempre con algo para que sus hijos comieran antes de ir al colegio.
En las noches en que les cortaban la luz por falta de pago, Marco y Paolo estudiaban a la luz de las velas.
Una de esas noches, Marco rompió el silencio.
“Mamá… quiero ser piloto.”
Teresa guardó silencio, con la aguja en la mano.
Piloto.
La palabra parecía enorme. Cara. Distante.
Leave a Comment