No teníamos ahorros. Ni negocio. Solo una casita y un pequeño terreno heredado de la familia de mi marido.
Cada amanecer le recordaba lo que había perdido.
Pero también le recordó lo que le quedaba.
Marcos y Pablo.
Si había algo en esta casa que nunca se desvaneció, fueron sus sueños.
LA MADRE QUE LO ABANDONÓ TODO
Todos los días, a las cuatro de la mañana, Teresa ya estaba despierta.
Preparó tamales, mezcló atole, colocó panecillos dulces en recipientes de plástico y llevó todo al mercado local. El vapor del atole empañó sus gafas. La sartén le quemó las manos. Al mediodía, tenía los pies hinchados.
Ella nunca se quejó.
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