—¿Un piloto, hijo? —preguntó en voz baja.
“Sí. Quiero volar en aviones grandes… de esos que despegan de la Ciudad de México.”
Ella sonrió, aunque el miedo le oprimía el pecho.
—Así que volarás —dijo—. Y yo te ayudaré.
Ella ya sabía que la escuela de vuelo costaba más de lo que jamás hubiera imaginado.
Cuando ambos chicos se graduaron de la escuela secundaria y fueron aceptados en la academia de aviación, Teresa tomó la decisión más difícil de su vida.
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