El segundo vino una semana después, cuando le pidió un aumento.
No sé si fue valentía, estupidez o agotamiento financiero, pero se lo pidió.
Mi abuela la escuchó sentada en su escritorio, con el contrato abierto y una pluma dorada entre los dedos.
—Entiendo —dijo con amabilidad glacial—. ¿Y a qué atribuyes la solicitud?
Fernanda dudó apenas.
—Bueno… a que mis responsabilidades han crecido. Estoy pendiente de usted, de la casa, de algunas cosas del señor…
La abuela asintió.
—Claro. Cosas del señor. Qué categoría tan amplia.
Yo me quedé inmóvil junto al librero.
—Fernanda —continuó la abuela—, te contraté por tu discreción, tu paciencia y tu capacidad de trabajo. No por tus aspiraciones inmobiliarias.
—No es eso, señora…
—No, claro que no. Debe ser cansancio. Te noto ojerosa. Ya no te brillan igual los ojos.
Silencio.
—A veces —siguió mi abuela, con la voz suave como una navaja envuelta en terciopelo— una entra a una casa creyendo que encontró una oportunidad, y luego descubre que en realidad aceptó un empleo muy demandante. Suele pasar cuando se confunden los sentimientos con las prestaciones.
Fernanda se puso blanca.
—No sé a qué se refiere.
—Yo sí —respondió mi abuela—. Y con que una de las dos lo sepa, nos alcanza.
Te juro que sentí un escalofrío.
Fernanda abrió la boca, la cerró, y volvió a intentar.
—Señora, yo nunca quise faltarle al respeto.
—No, mija. Quisiste mejorar de vida. Que es distinto… y mucho más común.
Hubo una pausa larguísima.
—Entonces… ¿me está despidiendo?
Mi abuela acomodó la pluma sobre el escritorio.
—Todavía no. Pero voy a darte una opción generosa, porque me caes mejor de lo que deberías. Te pagaré un mes completo si renuncias hoy, te vas con discreción y recuerdas para siempre que los hombres casados no son patrimonio disponible. Son pasivo oculto.
—¿Y si no acepto?
Mi abuela sonrió.
—Entonces mañana en el desayuno le explico a mi esposo, a mis hijos, a mis abogados y al notario de la familia por qué su joven asistente cree merecer un bono por “cosas del señor”. Y tú decides si quieres esa conversación con pan dulce o sin pan dulce.
Fernanda lloró.
No una lloradita estratégica. Lloró de verdad, de cansancio, de vergüenza, de coraje, de descubrir demasiado tarde que estaba jugando damas con una mujer que llevaba medio siglo cobrando jaques.
Renunció esa misma tarde.
Mi abuelo no dijo nada durante la cena. Se veía pálido, más viejo, más pequeño. Mi abuela le sirvió sopa como si nada, le acomodó la servilleta y preguntó si quería pimienta.
—No —dijo él.
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