Al tercero, la escuché bostezar durante una explicación sobre la diferencia moral entre un mantel de lino y uno “que solo aparenta”.
Mi abuela estaba feliz. No eufórica. Feliz, que en ella siempre fue más peligroso.
Una tarde la encontré en la terraza viendo el mar, con lentes oscuros y una limonada.
—¿Cómo va tu programa de rehabilitación romántica? —le pregunté.
—Excelente —dijo—. Ayer Fernanda se quedó dormida viendo un documental de la Segunda Guerra Mundial junto a tu abuelo. Eso no es pasión, mija. Eso ya es internado.
—¿Y él?
—Más confundido que Wi-Fi en hacienda antigua.
—¿No sospecha?
Mi abuela se quitó los lentes apenas un centímetro.
—Claro que sospecha. Pero también sospecha que si habla, pierde. Así que estamos en una democracia muy fina: todos mentimos con elegancia.
Yo creí que el asunto iba a seguir así indefinidamente, consumiéndose como vela cara. Pero entonces pasó lo que pasa en todas las familias ricas: alguien se volvió ambicioso antes de tiempo.
No fue el abuelo.
Fue Fernanda.
Una mañana llegó con una idea.
—Señora, estuve pensando… quizá yo podría quedarme algunas noches aquí. Para estar más al pendiente del señor y de usted. Sería más práctico.
Yo estaba en la cocina y casi dejo caer la taza.
Mi abuela no.
Ni un músculo.

—Qué considerada —dijo—. Pero no.
—Solo lo digo por eficiencia…
—Mi vida nunca ha necesitado eficiencia nocturna de personal externo, Fernanda. Además, en esta casa los que se quedan a dormir son familia… o errores. Y para ambos casos ya tengo el cupo lleno.
Fernanda sonrió tenso. Primer temblor visible en la fachada.
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