—Claro, señora.
—Y a las doce me recuerdas marcarle al podólogo. El bueno, no el que me dejó peor. Ese tiene manos de albañil resentido.
El abuelo bajó las escaleras en ese momento, perfumado como si fuera a una cita… lo cual, técnicamente, siempre era posible. Se quedó congelado al ver a Fernanda sosteniendo la charola del té frente a mi abuela.
Fue una pausa minúscula, apenas una grieta en el aire, pero yo la vi. Y mi abuela también.
—Ah, mi amor —dijo con voz de azúcar glas—, ya conociste a Fernanda, mi nueva asistente. Es una maravilla. Tan educada, tan útil, tan joven… qué bendición encontrar gente así, ¿verdad?
Mi abuelo tragó saliva.
—Sí… claro… qué sorpresa.
—La contraté para ayudarme con mis cosas. Como tú siempre estás tan ocupado, pensé que lo mejor era delegar.
Fernanda le sonrió con esa cortesía impecable que ya me estaba empezando a desesperar.
—Mucho gusto, señor.
Él respondió algo que sonó como un carraspeo con corbata.
Yo pensé que ese hombre iba a infartarse ahí mismo entre los cuadros caros y los arreglos florales. Pero no. Se recompuso, besó a mi abuela en la frente y dijo una frase que, en cualquier otro contexto, habría sido tierna.
—Lo importante es que estés bien cuidada.
Mi abuela alzó la taza.
—Ay, sí. Cuidada… y bien acompañada.
Durante las dos semanas siguientes, fui testigo del plan en plena ejecución. Fernanda llegaba puntual. Le ayudaba a la abuela con el desayuno, ordenaba medicinas, revisaba citas, acomodaba el clóset por colores y soportaba una cantidad inhumana de recuerdos familiares narrados con lujo de detalle.
Mi abuela no repetía historias.
Las serializaba.
Cada anécdota tenía introducción, desarrollo, personajes secundarios, conflicto generacional y notas al pie.
—Y entonces tu abuelo dijo que el camarón estaba crudo —le contaba a Fernanda mientras clasificaban vajillas—, pero no estaba crudo, estaba al dente marino, que no es lo mismo. Eso fue en Acapulco, pero no en la luna de miel, no, no, eso fue en el viaje de reconciliación después de lo de tu tío Jaime y la lancha. ¿Ya te conté lo de la lancha? No, entonces siéntate, porque sin la lancha no se entiende nada.
Fernanda sonreía al principio.
Luego empezó a parpadear más seguido.
Después llegó la fase en que miraba el reloj cada siete minutos como rehén de oficina.
El abuelo, por su parte, vivía una existencia cada vez más incómoda. Ya no podía mandarle mensajes tranquilos a nadie porque Fernanda estaba ocupada tomándole la presión a la abuela o anotando la marca exacta de sus pastillas para la digestión. Si intentaba acercarse a ella en la cocina, mi abuela aparecía como invocada por una campana invisible.
—Fernanda, ven, necesito que me ayudes a escoger cuál de estas ocho blusas marfil combina mejor con mi estado emocional.
—Fernanda, acompáñame al jardín. Quiero mostrarte la bugambilia que sobrevivió más que muchas relaciones.
—Fernanda, anota por favor que el señor está tosiendo raro. Hay que vigilarlo.
Todo con una dulzura tan impecable que nadie podía acusarla de nada sin parecer loco.
Al mes, el primer síntoma serio apareció: Fernanda dejó de arreglarse tanto.
Al segundo mes, empezó a usar tenis cómodos.
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