Mi hija embarazada estaba en su ataúd cuando su esposo entró riéndose con su amante; ella se acercó a mi oído y susurró “al final gané yo”, sin imaginar que mi hija había dejado una última prueba para destruirlos frente a todos durante el funeral más humillante.

Mi hija embarazada estaba en su ataúd cuando su esposo entró riéndose con su amante; ella se acercó a mi oído y susurró “al final gané yo”, sin imaginar que mi hija había dejado una última prueba para destruirlos frente a todos durante el funeral más humillante.

PARTE 4

—Mientras tú dabas entrevistas hablando de tu “dolor”, yo estaba con médicos forenses. Mientras Mariana subía fotos en blanco y negro diciendo que Lucía era “un alma sensible”, yo entregaba el celular escondido de mi hija a la policía.

La iglesia quedó inmóvil.

—Mi hija guardó mensajes, audios, estados de cuenta, recetas alteradas y amenazas.

Mariana retrocedió.

—Eso es mentira.

—¿También es mentira que le escribiste: “Desaparece antes de que ese bebé arruine el futuro de Sebastián”?

Algunas mujeres en las bancas se taparon la boca.

Sebastián se lanzó hacia mí, pero dos hombres se levantaron antes de que pudiera tocarme. Uno de ellos era el detective Raúl Morales, vestido de civil.

—Tranquilo, señor Santillán —dijo.

Sebastián fingió indignación.

—¿Ahora traen policías al entierro de mi esposa?

—No los traje para el entierro —respondí—. Los traje para ti.

El abogado metió la mano en su portafolio y sacó una memoria USB negra.

—La señora Lucía dejó una instrucción final —dijo—. Si el señor Sebastián Santillán asistía a su funeral acompañado de la señorita Mariana Lagos, debía reproducirse el archivo titulado “Catedral”.

Mariana abrió los ojos.

Sebastián perdió el color por completo.

—No —dijo.

Su voz ya no sonaba elegante. Sonaba como la de un hombre acorralado.

—Arturo, si reproduces eso, te destruyo.

El abogado no parpadeó.

—Me temo que ya es demasiado tarde.

El detective Morales dio una señal a uno de los policías cerca del altar. El sacristán, con manos temblorosas, conectó la memoria al sistema de sonido.

Yo sentí que las piernas me fallaban.

Había escuchado esa grabación una vez, en la fiscalía. Me había roto por dentro. Desde entonces, cada noche despertaba con la voz de Lucía en mi cabeza.

Sebastián intentó caminar hacia el altar, pero Morales le bloqueó el paso.

—No sabe lo que está haciendo —gruñó Sebastián.

—Sí lo sé —dijo el detective—. Y usted también.

El archivo apareció en la pantalla pequeña del equipo de sonido.

“Catedral.mp3”.

Mariana empezó a llorar, pero no de tristeza. De miedo.

Sebastián la miró con furia.

—Tú dijiste que no había grabado nada.

Ese comentario bastó para que toda la iglesia entendiera que había algo horrible escondido.

El policía puso el dedo sobre el botón de reproducir.

Y justo antes de que la voz de mi hija llenara la catedral, Sebastián gritó algo que hizo que hasta el sacerdote se persignara.

—¡Si esa vieja lo escucha, todos nos vamos a hundir!

Pero lo peor todavía no había salido a la luz…

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