PARTE 3
El licenciado Méndez sostuvo las hojas con una calma que enfureció todavía más a Sebastián.
—Si mi muerte ocurre en circunstancias inesperadas o sospechosas —leyó—, otorgo a mi madre, Elena Ramírez, autoridad total para iniciar acciones civiles y penales, liberar pruebas médicas y ejercer mis acciones dentro de Laboratorios Santillán de manera inmediata.
Un murmullo recorrió la catedral.
En la segunda fila, varios socios de la empresa empezaron a hablar entre ellos. Uno de ellos sacó el celular. Otro se levantó nervioso y volvió a sentarse.
Sebastián miró a Mariana como buscando apoyo, pero ella ya no sonreía igual.
—Esto es ridículo —dijo él—. Están convirtiendo el funeral de mi esposa en un circo.
—No —respondí—. Tú convertiste su vida en un infierno.
Hubo un silencio pesado.
Durante meses, Lucía me llamó de madrugada sin decir nada. Yo escuchaba su respiración temblorosa al otro lado de la línea y luego colgaba. Cuando iba a verla, decía que todo estaba bien, pero usaba manga larga incluso con el calor de mayo. Sebastián decía que eran cambios de humor por el embarazo. Que Lucía estaba sensible. Que exageraba. Que necesitaba descansar.
Y muchos le creyeron.
Porque Sebastián sabía sonreír en público. Sabía donar dinero a hospitales. Sabía besarle la frente a mi hija frente a las cámaras cuando inauguraban una nueva clínica de la empresa.
Pero en privado, Lucía estaba desapareciendo.
Mariana levantó la barbilla.
—Una mujer embarazada puede ponerse muy intensa. Todos lo saben.
La miré fijamente.
—También puede aprender a grabar conversaciones.
Ella dejó de respirar por un instante.
Fue mínimo. Pero yo lo vi.
Sebastián también lo vio.
—Cállate, Elena —dijo entre dientes.
Yo di un paso al frente.
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