—¿Entonces qué hago?
Ella me miró con una firmeza que nunca olvidaré.
—Pelea más inteligente que ellos.
En ese instante, junto al ataúd, apareció el licenciado Arturo Méndez, abogado de mi hija. Venía con un sobre crema entre las manos. En el frente estaba la letra de Lucía.
Sebastián dejó de fingir tristeza.
—¿Qué es eso? —preguntó, seco.
El abogado se acomodó los lentes.
—Por instrucciones expresas de la señora Lucía Ramírez de Santillán, su testamento debe leerse públicamente antes del entierro.
La iglesia entera se quedó en silencio.
Mariana soltó una risa burlona.
—¿Un testamento? Por favor.
Arturo abrió el sobre.
—A mi madre, Elena Ramírez, dejo todos mis bienes personales: cuentas de inversión, seguro de vida, la casa de Valle de Bravo y mis acciones dentro de Laboratorios Santillán.
Sebastián palideció.
—Eso es imposible. Lucía no tenía acciones.
El abogado levantó la mirada.
—Poseía el trece por ciento. Su padre, don Ignacio Santillán, se las transfirió antes de morir.
La mandíbula de Sebastián se endureció.
—Mi padre estaba enfermo. No sabía lo que hacía.
Yo hablé por primera vez.
—Tu padre no estaba enfermo, Sebastián. Te tenía miedo.
Todos me miraron.
Él dio un paso hacia mí, con odio en los ojos.
—No sabe con quién se está metiendo.
Pero yo sí sabía. Y por eso no había ido a llorar solamente.
El abogado respiró hondo.
—Hay más.
Sebastián apretó los puños.
Y en ese momento comprendió que el funeral de Lucía no era el final de la historia.
Era el inicio.
Nadie en esa iglesia podía creer lo que estaba a punto de ocurrir…
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