PARTE 5
Primero se escuchó estática.
Después, la voz débil de Lucía llenó la Catedral de Guadalajara.
—Sebastián… por favor… me arde la garganta… no puedo respirar.
Yo cerré los ojos.
Mi hermana Teresa empezó a llorar en silencio.
Luego vino la voz de él, fría como metal.
—No hagas drama. Tómate el té.
—Sabe raro…
—Es natural. Mariana lo consiguió. Te va a calmar.
Se escuchó un golpe. Como una taza cayendo al piso.
Lucía respiraba con dificultad.
—El bebé se está moviendo mucho…
Sebastián soltó una risa.
—Pues ojalá se calme también. Porque si algo le pasa, todos van a creer que fue culpa de tus ataques.
Un gemido recorrió la iglesia. Una señora en la tercera fila empezó a rezar en voz alta.
La grabación continuó.
—No vas a quedarte con la empresa —susurró Lucía—. Sé lo de las acciones. Tu papá me las dio porque sabía lo que eras.
Hubo un silencio.
Después, la voz de Sebastián cambió. Ya no era burla. Era rabia pura.
—Estúpida. ¿De verdad creíste que ibas a vivir lo suficiente para usarlas?
La grabación terminó de golpe.
Nadie habló.
Ni siquiera Mariana lloraba ya. Estaba paralizada junto a la banca, con el maquillaje corrido y las manos temblando.
El detective Morales se acercó a Sebastián.
—Sebastián Santillán, queda detenido por el homicidio de Lucía Ramírez de Santillán y de su hijo no nacido.
—¡No tienen nada! —gritó él, forcejeando.
—Tenemos análisis toxicológicos independientes —respondió Morales—. Tenemos mensajes, transferencias, recetas falsas y esta grabación.
Los policías lo esposaron frente al ataúd de mi hija.
Sebastián me miró con odio.
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