PARTE 3
En la sala del SEMEFO, el doctor Arturo Salgado no permitió que nadie tocara a las niñas sin revisar primero cada signo vital.
Las ambulancias llegaron con policías y personal del Ministerio Público. Sofía y Valeria fueron estabilizadas, cubiertas con mantas térmicas y trasladadas bajo custodia.
Cuando despertaron del todo, lo primero que pidieron fue ver a su papá.
Pero antes de llevarlas a casa, Arturo les hizo una pregunta.
“¿Por qué tenían escrito ‘Mamá’ en la muñeca?”
Sofía, todavía débil, contestó:
“Porque mamá siempre decía que si teníamos miedo, nos apretáramos la mano y recordáramos que no estábamos solas.”
Valeria levantó su muñeca.
“Lo escribimos para no rendirnos.”
Esa misma noche, en la mansión Montemayor, Renata caminaba de un lado a otro.
“Van a revisar todo, mamá. Van a encontrar huellas. Van a encontrar el otro frasco.”
Doña Elvira, por primera vez, no tenía respuesta.
“Empaca joyas, efectivo y pasaportes. Nos vamos a Guatemala antes del amanecer.”
Renata lloraba de rabia, no de culpa.
“Yo solo quería una vida tranquila. Alejandro era mío hasta que esas niñas empezaron a arruinarlo todo.”
Elvira abrió su bolso y sacó lo que creyó que eran sus gotas para calmarse. Estaba tan nerviosa que bebió más de la cuenta.
En ese momento, tocaron la puerta con fuerza.
Alejandro bajó las escaleras, destruido, con la camisa arrugada y los ojos hinchados de tanto llorar. Renata intentó abrazarlo.
“Amor, no abras. Debes descansar.”
Pero él abrió.
Y se quedó sin aire.
En la entrada estaban Sofía y Valeria, vivas, abrazadas a una paramédica. A su lado, el doctor Arturo, Daniela y dos agentes.
Alejandro cayó de rodillas.
“No… no puede ser…”
Las niñas corrieron hacia él.
“Papá”, lloró Valeria.
Alejandro las abrazó como si quisiera pedirle perdón al mundo entero.
“Perdónenme. Perdónenme por no verlas. Por no escucharlas.”
Renata retrocedió.
“Esto es una trampa. Están confundidas. Estaban enfermas.”
Sofía la miró con una calma que dolía.
“Tú y tu mamá nos estaban envenenando.”
“¡Mentira!”, gritó Renata.
El doctor Arturo entregó el informe preliminar.
“El frasco encontrado en el cuarto contenía sedantes, no veneno. Eso redujo sus pulsaciones hasta simular muerte. Pero también hallamos restos de una sustancia tóxica en comida guardada, tazas lavadas a medias y en un segundo frasco escondido.”
Daniela añadió:
“Las niñas se salvaron porque cambiaron los líquidos.”
Entonces se escuchó un ruido horrible.
Doña Elvira se llevó las manos al cuello. Espuma blanca salió de su boca. Cayó sobre el mármol, convulsionando.
Renata gritó.
“Mamá, ¿qué tomaste?”
Pero todos entendieron al instante.
En su desesperación, Elvira había bebido el verdadero veneno.
El mismo que compró para matar a dos niñas terminó entrando en su propio cuerpo.
Los policías esposaron a Renata mientras ella culpaba a su madre, a las niñas, a Alejandro, a todos menos a sí misma.
Alejandro no la miró.
Solo sostuvo a sus hijas.
Meses después, Sofía y Valeria volvieron a la escuela. Nunca fueron las mismas, pero tampoco volvieron a sentirse solas. En la tumba de Mariana, dejaron dos pulseras nuevas con la misma palabra escrita a mano:
“Mamá.”
Porque a veces la familia no se destruye por falta de amor, sino por confiar en quien nunca lo tuvo.
Y en México, cuando esta historia se hizo pública, todos se hicieron la misma pregunta:
¿Cuántas veces un padre está tan ocupado buscando una nueva familia que deja de proteger a la que ya tenía?
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