PARTE 2
Tres semanas antes, las risas de Sofía y Valeria no venían de una morgue, sino del jardín enorme de la casa Montemayor, en Las Lomas de Chapultepec.
Era domingo. Había carne asada, música baja, una alberca brillante y empleados entrando y saliendo con charolas. Alejandro Montemayor, empresario constructor, observaba feliz a sus hijas correr descalzas.
Desde que su esposa Mariana murió en un accidente en la carretera a Cuernavaca, él había vivido con una culpa silenciosa. Por eso, cuando conoció a Renata Villaseñor, creyó que Dios le estaba dando una segunda oportunidad.
Renata sonreía bonito, hablaba suave y frente a todos trataba a las niñas como si fueran suyas.
Pero esa tarde, Valeria lanzó un globo de agua que no le pegó a Sofía.
Le explotó en la cara a Renata.
Los lentes de diseñador cayeron al suelo. Su maquillaje se corrió. Todos se quedaron callados.
“Perdón, Renata”, dijo Sofía, asustada.
Alejandro se levantó.
“Hijas, tengan cuidado.”
Renata sonrió con los dientes apretados.
“No pasa nada, amor. Son niñas.”
Incluso jugó con ellas unos minutos para que Alejandro la viera como una madrastra perfecta. Pero al entrar a la recámara, azotó la puerta.
“¡Estoy harta de esas escuinclas!”
Su madre, doña Elvira, estaba sentada junto al tocador, limándose las uñas.
“Baja la voz.”
“No puedo más. Alejandro todo se lo da a ellas. La casa, los viajes, las cuentas. Y cuando cumplan dieciocho, la herencia será de esas dos.”
Doña Elvira sonrió despacio.
“Entonces no hay que esperar a que cumplan dieciocho.”
Renata se quedó helada.
“Mamá…”
“Conozco a una curandera en la Sierra Norte de Puebla. Vende gotas que parecen medicina. Si se dan poco a poco, todos creen que es una enfermedad rara.”
Renata no dijo que no.
Esa misma noche, doña Elvira preparó chocolate caliente para Sofía. Le puso apenas unas gotas.
A los veinte minutos, la niña empezó con dolor de estómago.
Al día siguiente, fiebre.
Luego vómito.
Después debilidad.
Los médicos no encontraban explicación clara. Alejandro dormía en sillones de hospital, desesperado, mientras Renata lloraba frente a todos y sonreía cuando nadie la veía.
Valeria no se separaba de su hermana.
Una tarde, doña Elvira llevó una ensalada de frutas “especial para Sofía”. Pero Sofía apartó el plato.
“No quiero comer nada que venga de ellas.”
Valeria, para animarla, tomó la cuchara.
“Entonces como yo primero y ves que no pasa nada.”
Diez minutos después, Valeria cayó al piso.
Sofía entendió todo.
Esa noche, las gemelas escucharon desde el pasillo a Renata y doña Elvira hablar en la cocina.
“Mañana terminamos con Sofía”, dijo Elvira. “Y Valeria se irá detrás por tristeza. Nadie sospechará.”
Sofía se tapó la boca para no gritar.
Subieron corriendo.
“Papá no nos va a creer”, lloró Valeria.
“Necesitamos pruebas.”
Entonces Sofía recordó las gotas fuertes para dormir que doña Elvira usaba cuando decía que tenía ansiedad. Las guardaba junto a sus perfumes.
Al día siguiente, mientras Renata entretenía a Alejandro con una supuesta crisis de llanto, las niñas entraron al cuarto de Elvira. Cambiaron las etiquetas de los frascos y escondieron el verdadero veneno.
Esa noche, Renata llegó con dos tazas de té.
“Para que duerman tranquilas, mis niñas.”
Sofía y Valeria fingieron beber.
Minutos después, sus respiraciones se volvieron tan lentas que parecían muertas.
Cuando Alejandro entró a darles el beso de buenas noches, sus gritos hicieron temblar toda la casa.
Pero lo peor no había ocurrido todavía.
Porque Renata vio el frasco vacío y entendió que las niñas no solo habían tomado algo.
Habían descubierto la verdad.
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