PARTE 1
—Hazlo ahorita, antes de que Teresa despierte. Si Mónica se entera de que nuestro bebé nació sano, se va a quebrar para siempre.
Esa fue la frase que escuché el día que di a luz.
No la escuché en una pesadilla. No la escuché por error en una película. La escuché en la sala de recuperación de un hospital privado en Guadalajara, mientras mi cuerpo seguía abierto de dolor y mi hijo apenas había llegado al mundo.
Durante años, Héctor Alcázar y yo habíamos buscado un bebé. Tratamientos, estudios, inyecciones, consultas en clínicas carísimas, promesas a la Virgen de Zapopan y noches enteras llorando en silencio para que su familia no notara mi desesperación. En los Alcázar, tener un heredero varón era casi una obsesión. Lo decían en comidas familiares, en bautizos ajenos, en Navidad, como si mi vientre fuera una propiedad pendiente de entregar resultados.
Cuando por fin escuché el llanto de mi hijo, sentí que se me regresaba el alma al cuerpo.
Héctor lloró también.
Me besó la frente, me tomó la mano y dijo con los ojos rojos:
—Teresita, está perfecto. Nuestro hijo está perfecto. Descansa, mi amor. Ya pedí que te pongan algo para que duermas.
Yo le creí.
Qué ingenua fui.
El sedante empezó a subirme por las venas como una sombra pesada. Quise cerrar los ojos, pero antes de dormirme escuché la voz de mi esposo junto a la cama. Hablaba con Santiago, mi hermano mayor.
—Hazlo, cuñado. Ya lo hablamos. Mónica no puede soportar esto.
Mónica era mi hermana adoptiva. Desde niñas se había comparado conmigo por todo: la escuela, la ropa, las miradas de mis papás, incluso Héctor, porque antes de casarse conmigo ella también estuvo enamorada de él.
Santiago respondió casi en un susurro:
—Héctor, estás loco. Es un recién nacido. ¿De verdad quieres marcarlo para siempre?
Sentí que la sangre se me congelaba.
—Solo será un dedo —dijo Héctor—. La bebé de Mónica nació con esa mancha oscura en la espalda y ella no deja de llorar. Si Teresa despierta con un niño perfecto, Mónica se va a hundir. Le debo demasiado.
Quise gritar.
Quise moverme.
Quise arrancarme las agujas y correr hacia mi hijo.
Pero mi cuerpo ya no me obedecía.
Luego escuché el llanto de mi bebé. Un llanto agudo, desesperado, tan distinto al primero que me partió por dentro.
Santiago murmuró:
—Listo. Ve con Mónica. Dile que todo saldrá como planeaste.
Después todo se volvió negro.
Cuando desperté, estaba en una habitación blanca, fría, con flores en una mesa y un dolor que me atravesaba de lado a lado.
—¿Dónde está mi hijo? —pregunté.
Héctor apareció de inmediato.
—Tranquila, Tere. No te alteres.
—¿Dónde está mi bebé?
Bajó la mirada con una actuación perfecta.
—Nació con una pequeña malformación. Le falta parte de un dedo. Santiago está viendo lo del especialista.
Lo miré sin parpadear.
Ya sabía que mentía.
Me levanté como pude. En la puerta chocó conmigo Santiago, cargando a una bebé dormida.
Le arrebaté la mantita y revisé sus manos.
Diez dedos completos.
—Este no es mi hijo —susurré.
Santiago se molestó.
—Ten cuidado. Es la hija de Mónica.
El piso se me movió.
—¿Dónde está mi bebé?
—Lo dejé un momento junto al elevador. Mónica necesitaba ayuda.
Salí tambaleándome, todavía sangrando, mientras Héctor intentaba seguirme. Pero al fondo del pasillo se escuchó la voz dulce de Mónica:
—Héctor…
Y mi esposo se detuvo.
Cuando llegué al elevador, mi bebé seguía allí, solo, envuelto en una manta. Dos señoras lo cuidaban, horrorizadas de que alguien hubiera abandonado a un recién nacido.
Lo abracé contra mi pecho.
Entonces vi su puñito cerrado. Dentro tenía una gasa manchada de sangre… y un hilo azul idéntico al de la pulsera que Mónica siempre llevaba en la muñeca.
Y todavía no podía imaginar lo peor que estaba por pasar.
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