—¿Luces?
Marisol apareció en la entrada de la trampilla, pálida.
—Hay camionetas subiendo por el cerro.
Evaristo cerró los ojos.
—Ya llegó.
Carmen subió corriendo los escalones. Al llegar al comedor, vio por una ventana rota 3 luces moviéndose entre la lluvia. Camionetas. Subían despacio, pero directo hacia la hacienda.
Toñito se pegó a su madre.
—¿Es mi tío?
Carmen miró hacia afuera.
Vio hombres con linternas.
Y una silueta gorda bajo un sombrero.
Don Rufino.
No venía a rescatarla.
Venía a enterrarla.
Carmen sintió un terror tan grande que casi se le salió en un grito. Pero entonces Lupita, ardiendo en fiebre, levantó su manita y señaló el túnel.
—Papá dice que por abajo.
Carmen no entendió.
Evaristo, desde el fondo, gritó con la poca fuerza que le quedaba:
—¡Hay una salida al arroyo! ¡Pero tienen que soltarme!
Carmen no lo pensó.
Bajó de nuevo con Marisol. Entre las 2 intentaron levantar la viga que atrapaba la pierna del anciano. Era pesada. Demasiado. Marisol lloraba del esfuerzo.
—No puedo, mamá.
—Sí puedes. Una vez más.
Arriba, la puerta principal de la hacienda crujió.
Una voz conocida rugió:
—¡Carmen!
Los niños se quedaron inmóviles.
Rufino estaba dentro.
—Sé que estás aquí, cuñada. No hagas esto más difícil.
Carmen mordió un pedazo de su rebozo para no gritar mientras empujaba la viga.
Evaristo soltó un alarido.
La madera cedió apenas un poco.
—¡Toñito! —susurró Carmen—. Baja y ayúdanos.
El niño bajó temblando, pero cuando vio al anciano atrapado, algo cambió en su rostro. Dejó de parecer un niño asustado.
Pareció el hijo de Jacinto.
Los 3 empujaron.
La viga cayó a un lado.
Evaristo quedó libre, pero su pierna estaba destrozada. Carmen lo sostuvo como pudo.
Arriba, los pasos se acercaban.
—Revisen todos los cuartos —ordenó Rufino—. Si la encuentran, nadie habla de esto.
Uno de los hombres soltó una carcajada.
—¿Y los niños?
Rufino respondió sin dudar:
—La sierra se los tragó.
Carmen tapó la boca de Lupita para que no sollozara.
En ese instante, dentro de ella murió la última migaja de miedo.
Lo que nació fue otra cosa.
Una furia limpia.
Fría.
De madre.
Evaristo le entregó el paquete de cuero.
—Si yo no salgo, lleve esto al licenciado Mendoza, en San Gabriel. Él era amigo del padre de Jacinto. Ahí están las escrituras originales, los recibos, los nombres de los jueces comprados… y una carta de su marido.
Carmen apretó el paquete contra el pecho.
—Usted va a salir.
—No puedo caminar.
—Entonces lo arrastramos.
El anciano la miró como si acabara de ver un milagro en una mujer descalza.
Se internaron en el túnel.
Marisol cargaba a Lupita. Toñito llevaba la lámpara. Carmen sostenía a Evaristo bajo un brazo y con el otro se apoyaba en la pared.
El túnel parecía no terminar nunca.
Detrás de ellos se escucharon gritos.
—¡Aquí hay una trampilla!
Rufino.
Los habían descubierto.
—¡Corran! —gritó Evaristo.
Pero no podían correr.
Lupita deliraba.
El viejo sangraba.
Carmen apenas sentía los pies.
Los pasos comenzaron a sonar en la escalera. Botas bajando. Linternas golpeando las paredes. Voces cada vez más cerca.
—¡Carmen! —gritó Rufino desde atrás—. Devuélveme lo que encontraste y te dejo vivir.
Ella no respondió.
—¡Piensa en tus hijos!
Carmen apretó la mandíbula.
Claro que pensaba en ellos.
Por eso no iba a detenerse.
El túnel se dividió en 2 caminos.
Evaristo señaló a la izquierda.
—Ese lleva al arroyo.
Toñito levantó la lámpara.
—Mamá…
En el camino izquierdo había una reja vieja cerrada con cadena.
Carmen sintió que todo se derrumbaba.
Evaristo buscó en sus bolsillos con desesperación.
—La llave… la llave…
No la tenía.
Detrás, las luces ya se veían en la curva del túnel.
Rufino se acercaba.
Marisol empezó a llorar.
—Mamá, nos van a alcanzar.
Carmen miró la cadena.
Luego miró la piedra suelta en el suelo.
Tomó la piedra y golpeó el candado.
Una vez.
Dos.
Tres.
El metal no cedía.
Toñito tomó otra piedra y empezó a golpear con ella.
—¡Ábrete! —gritó el niño, llorando de rabia—. ¡Ábrete!
Las botas estaban a pocos metros.
Rufino apareció al fondo, iluminado por una linterna. Su rostro estaba empapado, rojo de furia.
—Hasta aquí llegaste, Carmen.
Ella golpeó una última vez.
El candado se rompió.
La reja se abrió con un chillido.
Carmen empujó a sus hijos primero.
Después a Evaristo.
Ella fue la última.
Pero antes de cruzar, Rufino le apuntó con una pistola.
—Dame el paquete.
Carmen se quedó quieta.
La linterna iluminaba su rostro mojado, su cabello pegado a las mejillas, sus pies sangrantes.
Rufino sonrió.
—No seas tonta. Sin eso, no tienes nada.
Carmen lo miró como nunca lo había mirado.
—Me quitaste mi casa.
Dio un paso atrás.
—Me quitaste a mi esposo.
Otro paso.
—Pero no me vas a quitar a mis hijos.
Rufino levantó el arma.
Entonces el túnel rugió.
No fue un trueno.
Fue la tierra.
Los años de humedad, los golpes, la viga caída, las excavaciones ilegales de Rufino. Todo cedió al mismo tiempo. El techo detrás de Carmen comenzó a derrumbarse.
Rufino abrió los ojos.
—¡No!
Carmen se lanzó hacia la reja justo cuando una masa de tierra y piedra cayó entre ellos.
El disparo sonó encerrado.
La bala rozó la pared.
Marisol gritó.
Carmen cayó al suelo del otro lado, cubierta de polvo, pero viva.
La reja quedó aplastada.
Del lado contrario, Rufino gritaba su nombre como un animal atrapado.
—¡Carmen! ¡Sácame de aquí!
Ella no se movió.
Por un segundo, pensó en Jacinto. En sus manos fuertes. En la noche en que la abrazó y le prometió que nunca le faltaría techo.
También pensó en la puerta cerrándose frente a sus hijos.
En Lupita ardiendo de fiebre.
En la orden fría de Rufino.
“La sierra se los tragó.”
Carmen se levantó.
—La sierra no —susurró—. La verdad.
Y siguió caminando.
Leave a Comment