Carmen miró a sus 3 hijos. La fiebre de Lupita, los labios morados de Toñito, la cara de terror de Marisol.
No tenía derecho a tener miedo.
Tomó la estampita húmeda que el cura le había dado, la apretó en el puño y bajó.
Cada escalón estaba cubierto de lodo. Las paredes sudaban agua. El aire se volvía más pesado a medida que descendía.
Abajo encontró un túnel bajo y angosto.
A unos metros, una lámpara de petróleo casi apagada dejaba ver un cuerpo recostado contra la pared.
Era un anciano.
Tenía barba blanca, ropa de peón y una pierna atrapada bajo una viga caída. Sus ojos hundidos brillaron al verla.
—Usted… —murmuró Carmen—. ¿Quién es?
El hombre intentó incorporarse y soltó un grito de dolor.
—Me llamo Evaristo. Trabajé para los Salgado… antes de que Rufino se robara todo.
Carmen sintió que ese apellido la atravesaba.
Salgado.
El apellido de Jacinto.
—Mi esposo era Jacinto Salgado.
El anciano cerró los ojos.
Y lloró.
No lloró como un viejo cualquiera.
Lloró como alguien que había esperado años para escuchar ese nombre.
—Entonces Dios sí la trajo.
Carmen se acercó, temblando.
—¿Usted conocía a mi marido?
—Lo vi nacer.
Aquella frase la dejó sin aire.
Arriba, Marisol llamó:
—¡Mamá!
—Estoy bien —respondió Carmen, aunque no era verdad.
Evaristo respiró con dificultad.
—No hay tiempo. Rufino va a venir.
Carmen sintió un golpe en el estómago.
—¿Cómo sabe?
—Porque él sabe que esta noche usted no tenía otro lugar adonde ir.
Carmen retrocedió un paso.
—No…
—Sí. Por eso la echó con la tormenta. Quería que muriera en el camino o que entrara aquí.
—¿Por qué querría que entrara?
El viejo la miró con una gravedad que le heló la sangre.
—Porque esta hacienda nunca estuvo abandonada.
En ese momento, algo sonó más adentro del túnel.
Un raspón.
Un movimiento.
Carmen giró la cabeza.
—¿Hay más gente?
Evaristo negó débilmente.
—Hay túneles. Muchos. Rufino los usa desde hace años para esconder mercancía, armas, dinero… y cosas peores. Pero lo que más miedo le da no está escondido ahí por él.
Carmen apretó los dientes.
—¿Qué cosa?
El anciano metió la mano temblorosa bajo su camisa y sacó un pequeño paquete envuelto en cuero, amarrado con hilo viejo.
—Jacinto me lo dio una semana antes de morir.
Carmen no podía respirar.
—Mi esposo…
—Él descubrió que Rufino había falsificado las escrituras de todas las tierras de la familia. No solo la suya. También las de los campesinos que ahora le deben hasta el alma. Jacinto encontró las pruebas.
Carmen recordó aquella última semana.
Jacinto llegaba tarde.
Se lavaba las manos sin hablar.
Dormía poco.
Una noche le había dicho: “Si algo me pasa, no le creas a mi hermano.”
Ella pensó que hablaba por cansancio.
Por pleitos de familia.
Nunca imaginó aquello.
—¿Entonces el accidente…?
Evaristo bajó la mirada.
Ese silencio fue la respuesta.
Carmen sintió náuseas.
Jacinto no había muerto por mala suerte.
Lo habían matado.
Se apoyó contra la pared, porque por un instante todo le dio vueltas. La lluvia. La puerta cerrada. Las risas de Rufino. Sus hijos temblando. El funeral sin flores. El ataúd comprado fiado.
Todo encajó con una crueldad insoportable.
—Rufino mató a mi esposo —susurró.
El viejo asintió.
—Y mañana iba a terminar con usted.
Arriba, Toñito gritó:
—¡Mamá! ¡Vienen luces!
Carmen levantó la cabeza.
Su sangre se congeló.
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