Tres años de golpes y abusos, hasta que un hombre de la montaña cruzó la puerta…

Tres años de golpes y abusos, hasta que un hombre de la montaña cruzó la puerta…

Isabela sintió que el suelo desaparecía bajo sus rodillas.

Esa voz.

Rota.

Lejana.

Pero viva.

No podía ser.

Su padre había muerto hacía dos años, o al menos eso le había dicho Aurelio una noche, mientras cenaba tranquilamente frente a ella.

“Se ahorcó por vergüenza”, había dicho.

Y después le había prohibido llorarlo.

—No —susurró Isabela, con la boca llena de sangre—. No puede ser…

Desde el piso de arriba volvió a escucharse el golpe.

Más débil.

Más desesperado.

—Isabela…

Aurelio apretó la pistola con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.

—Esa rata debería haberse muerto hace meses.

El hombre de la montaña giró apenas el rostro.

Sus ojos de lobo se clavaron en él.

—Entonces es verdad.

Aurelio sonrió, pero la sonrisa ya no tenía poder.

Tenía pánico.

—¿Verdad? ¿Qué verdad? Aquí la única verdad es que entró a mi casa, atacó a un hombre respetable y ahora va a colgar antes del amanecer.

—No habrá amanecer para sus mentiras —dijo el forastero.

Aurelio soltó un grito y disparó.

El estruendo llenó la sala.

Isabela se cubrió la cabeza.

El hombre de la montaña se movió como un animal herido, rápido y brutal. La bala le rozó el hombro y se enterró en la pared, levantando astillas.

Antes de que Aurelio pudiera volver a apuntar, el desconocido tomó la mesa de centro y la volcó de una patada.

Las lámparas cayeron.

El aceite se derramó.

La habitación quedó iluminada por un fuego tembloroso que hizo bailar las sombras en las paredes.

—¡Maldito salvaje! —rugió Aurelio.

Volvió a disparar.

El hombre se lanzó contra él.

Los dos chocaron contra el librero.

Libros, retratos y copas de cristal cayeron al suelo.

Isabela intentó arrastrarse hacia la escalera, pero el dolor le atravesó las costillas como un hierro caliente.

Aun así, avanzó.

Un codo.

Una rodilla.

Una mano sobre la madera mojada.

Arriba, la voz volvió a llamarla.

—Hija…

Y esa palabra le dio fuerzas.

Durante tres años, Isabela había obedecido para no morir.

Esa noche, desobedeció para vivir.

Se aferró al barandal y empezó a subir.

Cada escalón era un suplicio.

Cada respiración le sabía a sangre.

Abajo, Aurelio y el forastero seguían forcejeando. El bastón de plata rodó hasta la chimenea. La pistola cayó bajo un sillón.

—¡Isabela! —gritó Aurelio—. ¡Baja ahora mismo!

Ella no se detuvo.

Por primera vez en tres años, su cuerpo temblaba de dolor, pero no de obediencia.

Al llegar al corredor superior, la oscuridad era casi total.

La casa grande, que siempre le había parecido una cárcel elegante, ahora se revelaba como lo que era de verdad: un lugar podrido.

Olía a humedad.

A encierro.

A miedo viejo.

El golpe venía del cuarto del fondo.

Un cuarto que Aurelio siempre mantenía cerrado.

Le había dicho que allí guardaba documentos del banco.

Le había dicho que si alguna vez tocaba esa puerta, le rompería los dedos.

Isabela avanzó hasta ella.

—¿Papá? —dijo con un hilo de voz.

Del otro lado hubo un silencio.

Luego un sollozo.

Un sollozo de hombre acabado.

—Perdóname, hija.

Isabela apoyó la frente en la puerta.

Las lágrimas le ardieron sobre las heridas.

—Me dijeron que estabas muerto.

—Eso quiso él.

Isabela buscó el picaporte.

Cerrado.

Golpeó la madera con la palma, desesperada.

—¡No puedo abrir!

Abajo, un estruendo sacudió la casa.

Aurelio gritó de dolor.

El forastero apareció al pie de la escalera, respirando con dificultad. Tenía sangre en la camisa, pero seguía de pie.

—Apártese de la puerta —ordenó.

Isabela apenas tuvo tiempo de retroceder.

El hombre subió los escalones de dos en dos, levantó el hombro sano y embistió la puerta.

La madera crujió.

Otra vez.

Y otra.

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