Subiendo entre las rocas, escondiéndose en las sombras. Encontraron una cueva poco profunda donde podían ver la entrada, pero no ser vistas desde afuera. Se acurrucaron ahí las cinco mujeres, temblando de frío y miedo y agotamiento. Carolina abrazó a María. sintió su respiración irregular, sus lágrimas mojándole el hombro del vestido.
Le acarició el pelo, le susurró al oído, “Ya estás a salvo. No voy a dejar que nadie te vuelva a tocar.” Carolina, ellos, ellos hicieron sh. No tienes que decirme nada. No, ahora. Pero María siguió hablando con voz quebrada como si necesitara sacar el veneno antes de que la matara. el coyote. Él dijo que iba a venderme mañana.
Dijo que los gringos pagan bien por las muchachas rubias. Dijo que se ahogó en sus propias palabras. Carolina, estoy embarazada. El mundo se detuvo. Carolina sintió que algo se rompía dentro de ella, algo que ya estaba agrietado, pero que ahora se hacía pedazos definitivamente. ¿Qué? ¿Del coyote o del tuerto o de quién sabe quién? No, no sé. Fueron tantos.
Carolina la abrazó más fuerte, sintiendo como su hermana se desmoronaba, sintiendo como ella misma se desmoronaba. Esto no podía estar pasando, no podía ser real, pero lo era. Y en ese momento, Carolina supo que esto no había terminado. No podía terminar así. No mientras el coyote siguiera vivo, no mientras el tuerto siguiera respirando.
Miró a Lupita por encima de la cabeza de María. Voy a volver, susurró. Lupita asintió despacio. Lo sé. Amanecieron escondidas en esa cueva como animales heridos. María dormía recostada en el regazo de Carolina con fiebre, temblando incluso bajo el calor que empezaba a subir con el sol. Las otras dos mujeres estaban acurrucadas en el fondo de la cueva, una de ellas rezando en voz baja, la otra simplemente mirando la nada con ojos vacíos.
Lupita vigilaba la entrada con el Winchester sobre las piernas. No había dormido. Carolina tampoco. Tenemos que movernos antes del mediodía. Susurró Lupita. Si nos quedamos aquí nos van a encontrar. El coyote conoce estas montañas casi tan bien como yo. María no puede caminar así. Entonces la cargamos, pero no podemos quedarnos.
Carolina miró a su hermana dormida. Vio las ojeras profundas bajo sus ojos. Vio como sus labios se movían diciendo cosas en sueños, probablemente reviviendo horrores, y sintió que la rabia volvía fría y clara como agua de manantial. Voy a matarlos”, dijo con voz plana. “A todos.” Lupita la miró. “Ya sacaste a tu hermana. Eso era lo importante. Ahora hay que largarse lo más lejos posible.
” No. Carolina tocó el revólver en su cintura. No puedo irme sabiendo que están ahí, que van a seguir haciendo esto, que van a destruir más familias, que van a romper más muchachas como rompieron a María. Eres una mujer con un revólver y cuatro balas. Ellos son 20 hombres armados hasta los dientes. Entonces, necesitamos más ayuda.
Carolina se levantó con cuidado para no despertar a María. Dijiste que hay rancherías raramuri cerca, gente que odia al coyote tanto como nosotras. Los Raramuri no pelean guerras de otros, es su forma. Pero tú eres Raramuri y estás aquí. Lupita se rió sin humor. Yo ya no soy nada. Soy un fantasma que busca venganza.
Los de mi pueblo me dieron por muerta hace años. ¿Y si les ofrecemos algo? ¿Y si les decimos que pueden quedarse con las armas del coyote, con sus caballos, con todo lo que tiene? Lupita pensó un momento. Tal vez hay un hombre, Ignacio. Fue capitán Raramuri antes de que los federales quemaran su ranchería. Perdió a su hijo por culpa del coyote.
Si alguien nos ayudaría, sería él. ¿Dónde está? A mediodía de camino hacia el este. Pero muchacha, aunque él acepte, aunque junte 10 o 15 hombres, seguimos en desventaja. El coyote tiene su campamento fortificado. Tiene vigías, tiene a Joaquín. Lupita se cayó. Si es que sigue vivo, está vivo.
Carolina no sabía por qué lo decía con tanta certeza, pero lo sentía. Y si está vivo, está sufriendo. El coyote no lo mata rápido, va a hacerlo sufrir por traidor. Entonces, ya es hombre muerto o es nuestra oportunidad. Carolina se arrodilló junto a Lupita. Piénsalo. Si Joaquín está ahí, si lo tienen amarrado, torturándolo, toda la atención va a estar en él. Los hombres van a estar distraídos viendo el espectáculo. Es cuando podemos atacar.
Lupita la miró como si viera a Carolina por primera vez. Eres más dura de lo que pensé, muchacha. Me hicieron dura. Carolina apretó los puños. Ahora vamos a usar eso. Dejaron a María y a las otras dos mujeres en la cueva con agua y lo poco de comida que tenían. Una de las mujeres, la que no había dejado de rezar, se ofreció a cuidar a María mientras dormía la fiebre. Carolina besó la frente de su hermana.
Le prometió en voz baja que volvería, aunque no sabía si era promesa o mentira. Caminaron hacia el este, bajando por cañones que parecían tallados por gigantes antiguos, pasando junto a arroyos secos donde solo quedaba el recuerdo del agua. El sol pegaba fuerte, pero Carolina ya no lo sentía.
Ya no sentía nada, excepto ese fuego frío en el pecho que la empujaba adelante. A media tarde encontraron la ranchería. Era más bien un campamento, jacales temporales hechos de ramas y pieles, gente moviéndose silenciosamente entre las construcciones. Niños que dejaron de jugar para mirar a las extrañas. Mujeres que las observaron con desconfianza, hombres que agarraron palos y piedras.
Lupita levantó las manos, gritó algo en una lengua que Carolina no entendía. Un hombre viejo salió de uno de los jacales, caminó hacia ellas despacio. Tenía una cicatriz que le cruzaba toda la cara de la frente hasta la mandíbula. Sus ojos eran duros, pero no ciegos, veían todo.
Habló con Lupita en Raramuri durante varios minutos. Lupita señaló a Carolina. señaló hacia donde estaba el campamento del coyote. El viejo miró a Carolina a largo rato como midiendo algo que ella no podía ver. Finalmente habló en español con acento pesado pero claro. Lupita dice que quieres matar al coyote. Sí. ¿Por qué? Porque mató a mi marido.
Porque se llevó a mi hermana. Porque destruyó mi vida. El viejo asintió despacio. Esas son buenas razones para odiar. Pero el odio no mata al coyote. Él tiene muchos rifles. Nosotros tenemos pocas flechas. Él tiene un escondite lleno de armas. Si lo matamos, pueden quedarse con todo. Rifles, municiones, caballos, lo que quieran.
El viejo la miró con algo que parecía respeto. Eres lista, pero sigues siendo una mujer sola, con corazón roto. ¿Cómo sé que no nos estás guiando a trampa? Porque ya saqué a mi hermana de ahí. Ya podría estar lejos. Pero volví. Carolina se acercó un paso. Porque mientras el coyote respire, ninguna mujer en estas montañas está a salvo, ni las mías, ni las suyas. El viejo se quedó callado.
Miró al cielo como buscando señales en las nubes. Finalmente dijo, “Mi hijo tenía 14 años cuando los hombres del coyote lo encontraron cazando. Lo mataron por deporte. Por diversión, la voz se lebró apenas. Dejaron su cuerpo para que los animales lo comieran. Tardé tres días en encontrarlo.
Lo que quedaba de él. Lo siento. No quiero tu pena, quiero su sangre. El viejo escupió. Si me das la oportunidad de derramar esa sangre, yo mis hombres iremos contigo. Pero tiene que ser pronto. Mañana el coyote baja al pueblo. Si esperamos se nos escapa. Esta noche, dijo Carolina, atacamos.
Esta noche el viejo sonrió sin alegría. Esta noche entonces voy a juntar a los que quieran pelear. Seremos pocos, tal vez ocho o 10. Pero conocemos la sierra, conocemos cómo cazar. Es suficiente. Lupita y Carolina regresaron a la cueva. María estaba despierta, sentada contra la pared de roca, con los ojos rojos de llorar.
Cuando vio a Carolina, intentó levantarse, pero no pudo. ¿A dónde fuiste? Pensé que Pensé que me habías dejado. Carolina se arrodilló junto a ella, la abrazó. Nunca te voy a dejar, nunca, pero necesito que entiendas algo. La separó para mirarla a los ojos. Voy a volver al campamento. Voy a terminar esto. No.
María la agarró del brazo. No, Carolina, ya me sacaste. Ya es suficiente. Vámonos lejos, a cualquier lado, pero no vuelvas ahí. No puedo irme sabiendo que ellos siguen ahí, que pueden hacerle a otra lo que te hicieron a ti. Me da igual lo que le hagan a otras. María lloraba. Solo me importas tú. Ya perdí a Rafael. No puedo perderte a ti también.
Carolina sintió que el corazón se le partía. Quería prometerte que volvería. Quería decirle que todo saldría bien, pero no podía mentirle. No, después de todo, tengo que hacerlo, hermanita. Tengo que hacerlo, porque si no lo hago, voy a cargar este odio hasta que me pudra por dentro y tú no mereces una hermana podrida.
María bajó la cabeza derrotada. Entonces, prométeme que vas a volver. Júramelo por la memoria de Rafael. Te lo juro. Se abrazaron en silencio dos hermanas rotas tratando de mantenerse juntas, aunque el mundo conspirara para separarlas. Al caer la tarde, Carolina y Lupita se encontraron con Ignacio y sus hombres en un punto acordado al norte del campamento.
Eran nueve en total, todos mayores, todos con la misma mirada dura de quien ha perdido demasiado. Traían arcos, flechas, algunos machetes viejos. No muchas armas de fuego. Ignacio dibujó un mapa en la tierra con un palo. El campamento tiene cuatro puntos de entrada. Norte, sur, este, oeste. Normalmente tienen guardias en todos, pero si Lupita tiene razón y están entretenidos torturando al traidor, la mayoría estará en el centro del campamento viendo dónde lo tendrían. Preguntó Carolina.
En la plaza central donde hacen las ejecuciones. Es su forma de enviar mensaje. Ignacio marcó un punto en el centro del mapa. Nosotros entramos por los cuatro lados al mismo tiempo, silenciosos. Flechas primero para los guardias. Cuando nos descubran, porque nos van a descubrir, entonces usamos los rifles que traigamos del escondite de armas.
Yo voy por el coyote, dijo Carolina. No, tú vas por el tuerto. Lupita la miró. El coyote es mío. Me debe la vida de mi hija. Pero el tuerto, ese hijo de perra que te violó, ese es tuyo. Carolina asintió. Sintió que el revólver pesaba en su cintura como promesa.
Y Joaquín, si está vivo, cuando lleguemos, lo liberamos. Si está muerto, Ignacio se encogió de hombros. Entonces fue decisión de los dioses. Esperaron a que oscureciera completamente. Carolina revisó el revólver. Contó las balas otra vez. Cuatro. Cuatro oportunidades. No podía fallar. Lupita le puso una mano en el hombro. ¿Tienes miedo? Estoy muerta de miedo. Bien. El miedo te mantiene viva.
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