Es la confianza ciega la que te mata. Se movieron en la oscuridad, separándose en cuatro grupos. Carolina iba con Lupita y dos hombres Raramuri hacia el lado este. Sus pies conocían el camino ahora, cada piedra, cada rama. El silencio era tan completo que podía escuchar su propia respiración, su propio corazón latiendo como tambor.
Y entonces escucharon los gritos. Venían del campamento gritos de dolor, gritos que no eran humanos, sino de animal siendo despedazado vivo. Carolina sintió que el estómago se le revolvía. Era Joaquín. Tenía que ser Joaquín. Se acercaron al borde del campamento, escondidos entre las rocas. Desde ahí podían ver la plaza central. Había una fogata enorme y alrededor de ella los hombres del coyote formaban un círculo.
En el centro amarrado a un poste estaba Joaquín o lo que quedaba de él. Le habían arrancado la camisa. Su espalda era pura carne viva, sangre corriendo por las costillas. El tuerto estaba parado junto a él con un látigo, sonriendo, disfrutando cada golpe. Y sentado en una silla como rey en su trono fumando un cigarro, estaba el coyote Salazar. Carolina lo vio por primera vez bien.
No era un gigante, no era un monstruo físico, era un hombre común, tal vez de 4 y tantos años, con bigote grueso y ojos que brillaban con inteligencia cruel. Vestía bien, mejor que cualquiera de sus hombres, y cuando habló, su voz era suave, casi amable. Joaquín, Joaquín, me duele hacer esto, ¿sabes? Te traté como hijo, te di todo y así me pagas.
Joaquín levantó la cabeza con esfuerzo, escupió sangre. Vete al infierno. El coyote se rió. probablemente, pero tú vas a llegar primero. Hizo una seña al tuerto. Continúa, pero despacio. Quiero que dure. El tuerto levantó el látigo otra vez. Ignacio apareció junto a Carolina, susurró, “Ya están todos en posición. A tu señal.” Carolina miró a Lupita. Lupita asintió.
Carolina levantó el revólver, apuntó al cielo y disparó. El disparo al cielo fue como romper un cristal. Por un segundo todo se congeló. Los hombres del coyote miraron hacia arriba confundidos. El coyote se levantó de su silla. El tuerto dejó caer el látigo. Y entonces el infierno cayó sobre ellos desde cuatro direcciones.
Flechas silvaron en la oscuridad. Tres guardias cayeron antes de darse cuenta de qué pasaba, con flechas clavadas en el cuello, en el pecho, en el ojo. Los Raramuris se movían como sombras invisibles, mortales. Carolina corrió hacia la plaza con Lupita a su lado, disparando, recargando, disparando.
Otra vez un hombre apareció frente a ella con machete levantado. Ella le metió una bala en la frente sin pensarlo. tres balas restantes. El campamento estalló en caos, gritos, disparos, hombres corriendo en todas direcciones sin saber de dónde venía el ataque.
El fuego de las fogatas proyectaba sombras enloquecidas que bailaban en las paredes de los jacales. Olía a pólvora, a sangre, a miedo. Carolina se abrió paso hacia el centro, hacia donde estaba Joaquín amarrado. Un hombre le cerró el paso grande con cicatriz en la mejilla. Ella le disparó en el estómago, lo vio doblarse, caer. No sintió nada. Ya no quedaba espacio para sentir. Dos balas. Llegó al poste donde tenían a Joaquín.
Él levantó la cabeza, la vio con ojos que apenas podían enfocar. Carolina, vete. Es trampa, pero era tarde. Algo duro la golpeó en la espalda. Cayó de rodillas. El revólver, escapándosele de la mano, se volteó, vio al tuerto parado sobre ella con un madero en las manos, sonriendo con esa sonrisa que le había dado pesadillas durante días.
Pensé que te había enseñado a quedarte quieta, perra. Carolina gateó hacia el revólver. El tuerto le pateó las costillas, la volteó boca arriba, se arrodilló sobre ella, le puso las manos en el cuello. Esta vez te voy a matar despacio. Voy a disfrutarlo. Carolina no podía respirar. Las manos del tuerto apretaban, apretaban.
Vio puntos negros bailando en su visión. Pensó en María. Pensó en Rafael. Pensó que después de todo no iba a poder cumplir su promesa y entonces el tuerto gritó. Joaquín había logrado soltar una mano de las cuerdas, había agarrado un cuchillo del cinturón de un muerto cercano y se lo había clavado al tuerto en el muslo hasta el mango.
El tuerto se levantó gritando, agarrándose la pierna. Carolina tosió, agarró aire, vio el revólver a un metro, se arrastró, lo agarró, se volteó. El tuerto venía hacia ella cojeando con el cuchillo todavía clavado en la pierna, los ojos llenos de odio y dolor. Carolina levantó el revólver, le apuntó al pecho y entonces bajó la mira, le disparó en la entrepierna. El grito del tuerto fue algo que nunca olvidaría.
Cayó de rodillas, las manos yendo a la herida, la sangre brotando entre sus dedos. Carolina se levantó, caminó hacia él despacio, le puso el cañón del revólver en la frente. Esto es por mi marido, por mi hermana, por cada mujer que tocaste. Disparó. La cabeza del tuerto se sacudió hacia atrás.
Su cuerpo cayó como saco de piedras, cero balas. Carolina se quedó parada sobre el cadáver temblando, sintiendo algo que no era satisfacción ni alivio, solo vacío, un vacío enorme donde antes había odio. “Carolina”, gritó Lupita desde algún lugar. El coyote está escapando. Carolina volteó, vio una figura corriendo hacia los corrales, el coyote tratando de alcanzar un caballo.
Lupita corría tras él, pero había demasiados hombres entre ellos. Demasiado caos. Carolina buscó balas en los bolsillos. Nada, había gastado todas. Miró alrededor desesperada. Vio la pistola en el cinturón del tuerto muerto. La agarró, la revisó. Dos balas. Corrió. El campamento era un matadero.
Los Raramuri peleaban con ferocidad silenciosa, flechas y machetes contra rifles. Habían matado a muchos, pero también habían caído varios de los suyos. Ignacio peleaba cuerpo a cuerpo con dos hombres al mismo tiempo, sangrando de una herida en el brazo, pero sin retroceder ni un centímetro. Carolina pasó corriendo junto a cadáveres, junto a heridos que gemían, junto a un jacal que ardía proyectando luz naranja sobre la masacre.
El coyote ya había alcanzado un caballo, estaba montando. Lupita llegó primero, le disparó, falló. El coyote sacó su pistola, le devolvió el fuego. Lupita se tiró detrás de un barril, gritó de frustración. Carolina no se detuvo. Siguió corriendo aunque los pulmones le ardieran, aunque las piernas le gritaran que parara. El coyote espoleó al caballo.
Empezó a galopar hacia la salida norte del campamento. Se iba a escapar. Carolina levantó la pistola, apuntó, disparó mientras corría. La bala le dio al caballo en el cuarto trasero. El animal chilló, se tambaleó, cayó. El coyote salió volando, rodó por el suelo, se levantó aturdido. Carolina llegó hasta él, le apuntó con la última bala.
El coyote levantó las manos sonriendo todavía, siempre sonriendo. Espera, espera, podemos hacer negocio. Te puedo dar dinero, mucho dinero, lo que quieras. No quiero tu dinero. Entonces, ¿qué? Venganza. Se ríó. La venganza no te va a devolver a tu marido, muchacha. No va a borrar lo que te hicimos.
Mátame y vas a cargar eso igual. Pero si me dejas vivir, te puedo dar algo mejor. Te puedo dar poder. Carolina lo miró. Vio a un hombre común tratando de negociar su vida. Vio miedo escondido detrás de las palabras suaves y vio algo más. Vio que tenía razón. Matarlo no iba a cambiar nada. Rafael seguiría muerto.
María seguiría rota, ella seguiría vacía, pero tampoco podía dejarlo vivir. Lupita llegó corriendo con el winchesterume con sangre salpicada en la cara. Se paró junto a Carolina. Es mío. Dijo sin aliento. Me lo prometiste. Es mío. El coyote la miró y por primera vez el miedo fue real en sus ojos. Lupita, escucha. Lo de tu hija fue un accidente. No fue personal. Fueron tiempos de guerra y no digas su nombre. La voz de Lupita era hielo.
No tienes derecho a decir su nombre, por favor. Lupita le pegó con la culata del rifle en la cara. El coyote cayó escupiendo sangre y dientes. Lupita lo pateó en las costillas una vez, dos veces. siguió pateando hasta que él se enroscó como gusano. Mi hija tenía 8 años. Ocho. Y tus hombres la usaron como si fuera trapo. Lupita temblaba de rabia. La encontré tres días después.
Lo que quedaba de ella. El coyote sollozaba. Ahora la máscara finalmente rota, mostrando al cobarde que siempre había sido debajo. Lo siento, lo siento. Yo también. Lupita levantó el rifle. Siento que no puedas morir más de una vez, disparó. La bala le destrozó la rodilla. El coyote gritó.
Lupita le dio vuelta, lo puso boca abajo, le puso el cañón en la nuca. Muere como perro cabrón. Disparó otra vez. El cuerpo del coyote Salazar se sacudió una última vez y quedó quieto. Lupita se quedó parada sobre él, respirando pesado, llorando sin sonido. Carolina le puso una mano en el hombro. No dijo nada, no había nada que decir.
El campamento había quedado en silencio. Los disparos habían cesado. Los que no murieron habían huído a la oscuridad. Ignacio y sus hombres juntaban los cuerpos de sus caídos. Habían perdido cuatro, cuatro más para agregar a la cuenta de muertos que esta guerra estúpida había cobrado. Carolina caminó de regreso hacia el centro. Joaquín seguía amarrado al poste, ahora inconsciente.
Le cortó las cuerdas, lo dejó caer con cuidado al suelo. Estaba vivo apenas, pero vivo. Respiraba en jadeos cortos y dolorosos. ¿Por qué lo salvaste?, preguntó Lupita llegando junto a ella. No lo sé. Carolina miró la espalda destrozada de Joaquín. Tal vez porque ya hubo suficiente muerte. O tal vez porque me salvó la vida.
Ahí te salvó. Porque se lo debía. Eso no lo hace bueno. No, pero lo hace humano. Carolina se levantó. Voy a buscar algo para llevarlo. Si lo dejamos aquí, va a morir de las heridas. Encontró un petate. Entre tres lo envolvieron como podían. Joaquín gimió, pero no despertó. Ignacio mandó a dos de sus hombres a cargar con él. ¿Qué van a hacer ahora?, preguntó el viejo Raramuri.
Voy a buscar a mi hermana. Vamos a irnos lejos de aquí, algún lugar donde nadie nos conozca. Y él señaló a Joaquín. Carolina miró al hombre que la había traicionado, que la había ayudado, que había pagado con sangre por sus pecados. Lo voy a dejar en algún pueblo. Si vive o muere, ya es asunto suyo. Ignacio asintió.
Llévenlas hasta donde está la mujer. Nosotros nos quedamos aquí. Hay mucho que cargar. sonríó sin alegría. El coyote tenía razón en algo. Esto nos va a dar poder. Suficientes armas para defendernos la próxima vez que vengan los federales. Se despidieron sin muchas palabras. No hacían falta. Habían compartido sangre. Eso era suficiente.
Caminaron de regreso a la cueva guiados por dos Raramuri. Carolina arrastraba los pies sintiéndose como si pesara 1000 kg. El cielo empezaba a aclararse en el este. Pronto amanecería, un nuevo día. Pero no se sentía como nuevo, se sentía como el mismo día de que llevaba viviendo desde que mataron a Rafael. Llegaron a la cueva cuando el sol ya pintaba las rocas de rosa y dorado.
María estaba despierta, sentada en la entrada, abrazándose las rodillas. Cuando vio a Carolina, se levantó de un salto. Carolina. Se abrazaron en medio del camino, las dos llorando, las dos temblando. Carolina sintió el cuerpo delgado de su hermana contra el suyo y supo que esto, esto era lo único que importaba.
No la venganza, no la justicia, solo esto, tener a María viva en sus brazos. Terminó, susurró María. Ya terminó. Carolina miró hacia atrás, hacia donde quedaba el campamento, donde los cuerpos de los muertos esperaban a que los zopilotes bajaran. Sí, hermanita, ya terminó. Pero las dos sabían que era mentira. Esto nunca iba a terminar. iban a cargar esto por el resto de sus vidas, las cicatrices, los recuerdos, las pesadillas, pero al menos iban a cargarlo juntas.
Los Raramuri las dejaron ahí, llevándose a Joaquín con ellos. Dijeron que lo dejarían en un pueblo dos días al sur con un curandero que tal vez podría salvarlo o tal vez no. Ya no era problema de Carolina. Se quedaron en la cueva ese día descansando, curando heridas, tratando de procesar lo que había pasado. Las otras dos mujeres decidieron irse con los Raramuri. Una de ellas tenía familia en Durango.
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