DESPUÉS DE VI0LARM3 CREYERON QUE ESTABA MUERTA, PERO SOBREVIVÍ PARA HACERLOS PAGAR UNO POR UNO

DESPUÉS DE VI0LARM3 CREYERON QUE ESTABA MUERTA, PERO SOBREVIVÍ PARA HACERLOS PAGAR UNO POR UNO

Lupita se acercó despacio, se arrodilló junto a Carolina, le puso una mano en el hombro. No lo mates todavía, muchacha. No porque no lo merezca, sino porque lo necesitas. Conoce el campamento mejor que nadie. Sabe dónde tienen a tu hermana. Sabe cómo entrar y salir sin que te maten. No puedo. No puedo confiar en él. No tienes que confiar en él. Solo tienes que usarlo. Lupita miró a Joaquín con desprecio.

Y cuando terminemos, cuando saques a tu hermana, entonces lo matas o yo lo hago por ti. Carolina se quedó ahí de rodillas en la tierra fría, con el revólver colgando inútil en su mano, sintiendo como todo lo que había construido en su cabeza se venía abajo. Joaquín no era su aliado, era su enemigo, uno de ellos.

Y ella había sido tan estúpida, tan desesperada, que no lo había visto. Está bien, dijo finalmente con voz muerta. Lo usamos, pero cuando esto termine, Joaquín, vas a pagar por lo que hiciste. Joaquín asintió. Ya estoy pagando cada día, cada hora, pero tienes razón.

merezco más que eso y cuando terminemos acepto lo que sea que quieras hacerme. Lupita se levantó, escupió otra vez. Qué lindo. Ahora que ya tuvimos este momento tan emotivo, vamos a lo importante. ¿Cuántos hombres tiene el coyote ahí abajo? 20, tal vez 25, dijo Joaquín. Bien armados, vigías en el perímetro.

¿Y cuántas mujeres? Vi a tres, pero puede haber más. Lupita pensó un momento. Necesitamos crear distracción, algo que lo saque del campamento o al menos divida su atención. Miró a Carolina. ¿Sabes disparar? Mi padre me enseñó. ¿Qué también? Carolina levantó el revólver, apuntó a un nopal a 20 m, disparó. La tuna, reventó. Cuatro balas restantes. Lupita sonrió por primera vez.

Bien, entonces esto puede funcionar. Pero necesitamos más armas, más balas y necesitamos movernos rápido. Porque si el coyote decidió vender a tu hermana mañana, ya no va a haber nada que hacer. ¿Cómo sabemos si la va a vender mañana? Porque ese hijo de perra mueve mercancía cada tres días. Y según mis cuentas, Lupita dejó las palabras colgando en el aire frío de la noche.

Carolina sintió que el estómago se le retorcía. Según tus cuentas, que mañana es el tercer día desde que vi al coyote bajar al pueblo de San Isidro. Siempre hace lo mismo. Junta a las mujeres, las baja a la frontera, las entrega a los gringos que las compran. Lupita miró hacia donde estaba el campamento, aunque desde ahí no se veía nada.

Si no sacamos a tu hermana esta noche, mañana ya no va a estar ahí. El mundo se redujo a ese momento. Una noche, eso era todo lo que tenían. Carolina sintió que el pánico le subía por la garganta como agua hirviendo, pero lo empujó hacia abajo con toda la fuerza que le quedaba.

No había tiempo para miedo, no había tiempo para dudas. Entonces entramos esta noche”, dijo con voz que no admitía discusión, sin plan, sin armas suficientes contra 25 hombres. Lupita se rió sin humor. Muy bien, vamos a morir, pero al menos vamos a morir con huevos. No vamos a morir. Joaquín se levantó.

Conozco un lugar donde el coyote guarda armas y municiones, un escondite en las rocas al lado norte del campamento. Si entramos por ahí primero, ¿por qué deberíamos creerte? Carolina lo interrumpió. ¿Por qué deberíamos creer una sola palabra que salga de tu boca? Joaquín la miró directo a los ojos. Porque si te estuviera mintiendo, ya estarían aquí los hombres del coyote.

Pude haberlos llamado en cualquier momento en estos días. Pude haberte entregado cuando estabas medio muerta en el desierto, pero no lo hice y no lo voy a hacer. ¿Por qué? ¿Por qué ahora decides crecer conciencia? Porque esa noche, cuando vi a tu hermana llorando, cuando vi lo que el tuerto te hizo, Joaquín cerró los ojos.

Vi a mi propia hermana, vi a mi madre, vi a todas las personas que no pude salvar cuando mataron a mi familia. Y me di cuenta de que si no hacía algo, si no paraba esto aunque fuera una vez, entonces ya no valía la pena seguir vivo. Las palabras quedaron flotando entre ellos. Carolina quiso no creerle.

Quiso seguir odiándolo con todo su ser. Pero algo en la forma en que Joaquín habló, algo en el dolor crudo de su voz le hizo dudar. Lupita rompió el silencio. Muy bonito el discurso. Ahora vamos a lo importante. Señaló hacia el norte. Si ese escondite de armas existe, vamos por ellas.

Si Joaquín nos está traicionando, lo mato yo misma y nos abrimos paso a balazos. ¿De acuerdo? Carolina asintió. No tenía otra opción. Se movieron en silencio a través de la sierra, tres sombras deslizándose entre los pinos y las rocas. Lupita iba adelante moviéndose como animal salvaje sin hacer ruido. Joaquín iba en medio guiando.

Carolina cerraba la marcha con el revólver en la mano y los ojos fijos en la espalda de Joaquín, lista para dispararle si intentaba algo. La luna estaba apenas creciente, dando luz suficiente para ver, pero no tanta como para delatarlos. Bajaron por un cañón estrecho donde el agua había tallado formas extrañas en la piedra. Pasaron junto a cuevas oscuras que parecían bocas abiertas en la montaña.

A lo lejos, muy abajo, se veían las fogatas del campamento del coyote, pequeños puntos de luz naranja en la oscuridad. Joaquín se detuvo junto a una pared de roca que parecía sólida. Pasó las manos por la superficie buscando algo. Encontró una grieta que Carolina no había visto. Metió los dedos, jaló. Una sección de la pared se movió revelando una abertura angosta. “Aquí”, susurró.

Lupita entró primero con el rifle listo. Carolina la siguió apretando el revólver. Adentro olía humedad y pólvora. Joaquín encendió un cerillo y la luz temblorosa reveló lo que había ahí. Rifles apilados contra la pared, cajas de municiones, machetes, dos pistolas, cartuchos de dinamita. murmuró Lupita. Esto es suficiente para empezar una guerra.

Para eso lo usa el coyote, dijo Joaquín. Está planeando algo grande. He escuchado que quiere aliarse con los federales, atacar alguna posición villista, por eso necesita tanto armamento. Carolina no escuchaba. Estaba cargando el revólver con balas nuevas, llenando los bolsillos del vestido rasgado con municiones, sintiendo el peso del metal contra su cuerpo.

Lupita agarró un Winchester, lo revisó, sonríó. Este me gusta. Tomó dos cajas de balas. Ahora sí estamos parejos. Joaquín cargó una carabina, se echó un morral con cartuchos al hombro. El plan es simple, Lupita. Tú creas la distracción en el lado oeste del campamento. Incendias los corrales, disparas, haces ruido.

Cuando todos corran hacia allá, Carolina y yo entramos por el este, sacamos a las mujeres, nos vamos por el cañón norte. ¿Y si no funciona? Preguntó Carolina. Entonces usamos la dinamita y volamos todo a la Joaquín la miró. Pero eso significa que probablemente tu hermana muera también. Carolina sintió el frío de esas palabras. Entonces tiene que funcionar. Salieron del escondite, cerraron la entrada. La noche estaba más oscura ahora nubes tapando la luna.

Eso era bueno. La oscuridad era su aliada. Se separaron en la ladera. Lupita yendo hacia el oeste, Carolina y Joaquín bajando hacia el este. Mientras bajaban, Carolina susurró, “Si me traicionas, si esto es una trampa, te juro que con mi última bala te vuelo la cabeza.

No es trampa, te lo juro por la memoria de mi hermana muerta.” Llegaron al borde del campamento. Desde ahí podían ver los jacales, las fogatas casi apagadas, las siluetas de los guardias moviéndose entre las sombras. Todo estaba quieto, demasiado quieto, como si el campamento mismo estuviera conteniendo la respiración. Esperaron cada segundo.

Era una eternidad. Carolina sintió el sudor corriéndole por la espalda a pesar del frío de la noche. Apretó el revólver hasta que los dedos le dolieron. Pensó en María ahí abajo, en alguno de esos jacales, sin saber que su hermana estaba a metros de distancia. Y entonces estalló el infierno. Una explosión sacudió el lado oeste del campamento.

Llamas subieron hacia el cielo, gritos, disparos. Los hombres del coyote corrieron como hormigas enloquecidas, agarrando armas, gritando órdenes. Lupita estaba cumpliendo su parte. Ahora dijo Joaquín. corrieron agachados hacia el jacal, donde tenían a las mujeres. Dos guardias estaban en la puerta, pero miraban hacia donde estaba el fuego, confundidos.

Joaquín se movió como sombra, le partió el cráneo al primero con la culata de la carabina. Carolina disparó al segundo antes de que pudiera gritar. El hombre cayó con un agujero en el pecho. Tres balas restantes empujaron la puerta. Adentro olía a miedo y suciedad. Tres mujeres estaban amarradas en el suelo con los ojos enormes de terror. Una de ellas era María.

“Carolina”, gritó María con voz quebrada. Carolina corrió hacia ella, cortó las cuerdas con el machete que Joaquín le había dado. La abrazó tan fuerte que casi no la dejó respirar. “Estoy aquí, hermanita. Estoy aquí. Vamos a salir de esto. Joaquín cortó las cuerdas de las otras dos mujeres, muchachas jóvenes que no dejaban de temblar.

Pueden venir con nosotros o quedarse, pero si vienen, tienen que correr rápido y no hacer ruido. Las dos asintieron desesperadas. Salieron del jacal justo cuando más explosiones sacudían el campamento. Lupita estaba haciendo magia con esa dinamita. Corrieron hacia el norte, hacia el cañón, con María cojeando entre Carolina y Joaquín.

Las otras dos mujeres lo seguían tropezando, levantándose, tropezando otra vez. Estaban a mitad camino cuando alguien gritó detrás de ellos. Se están llevando a las viejas. Joaquín volteó, disparó sin apuntar. Un hombre cayó. Pero ya había más viniendo, muchos más. Corran, gritó Joaquín. Yo los detengo. No. Carolina lo agarró del brazo. Vienes con nosotros.

Si voy con ustedes, nos alcanzan a todos. Joaquín la empujó. Saca a tu hermana. Eso es lo único que importa. Joaquín, vete. Es mi oportunidad de hacer algo bien por primera vez en mi vida. Carolina vio en sus ojos que no iba a cambiar de opinión y no había tiempo. Los hombres del coyote estaban cada vez más cerca, disparando, gritando.

Tomó a María de la mano, corrió hacia el cañón con las otras mujeres siguiéndolas. Detrás de ella escuchó a Joaquín disparando, gritando insultos, atrayendo a los hombres hacia él. Escuchó explosiones, escuchó gritos de dolor y entonces escuchó algo más, la voz del coyote. Joaquín el traidor, te voy a desollar vivo, cabrón. Carolina no miró atrás.

Siguió corriendo, jalando a María, adentrándose en la oscuridad del cañón. Las rocas les arañaban los brazos, las piernas. Una de las mujeres se tropezó, se torció el tobillo, se quedó atrás llorando. Carolina no pudo detenerse. Lo sentía en el alma, pero no podía. Siguió corriendo.

Corrió hasta que los pulmones le ardieron, hasta que María se derrumbó. Se refugiaron detrás de unas rocas enormes, jadeando, temblando. Las otras dos mujeres llegaron poco después, una ayudando a la otra. Todas estaban sangrando, todas estaban rotas. Pero estaban vivas y María estaba con ella. Carolina abrazó a su hermana, sintió como su cuerpo delgado temblaba contra el suyo, escuchó sus soyloos ahogados.

Le acarició el pelo enmarañado, le susurró palabras que ni ella misma entendía, solo sonidos de consuelo, de amor, de promesas que tal vez no podría cumplir. Te tengo, hermanita, te tengo. Ya pasó, ya pasó. Pero no había pasado. Todavía escuchaban disparos a lo lejos, todavía escuchaban gritos.

Y Carolina sabía que Joaquín estaba ahí atrás peleando solo, muriendo solo, pagando por sus pecados con sangre. Una parte de ella quiso volver, quiso ayudarlo, pero la parte más grande, la parte que amaba a María más que a nada en el mundo, la obligó a quedarse quieta. Esperaron en la oscuridad, conteniendo la respiración cada vez que escuchaban pasos cerca.

Pasó una hora, tal vez dos. Los disparos cesaron poco a poco. El silencio regresó pesado y amenazante y entonces escucharon algo moviéndose entre las rocas. Carolina levantó el revólver, apuntó hacia la oscuridad. Quien sea, no se acerque o disparo. Tranquila, muchacha, soy yo. Lupita salió de entre las sombras, cubierta de sangre y ollín, pero sonriendo. Lo logramos.

Sacamos a tres. Una se quedó atrás. Carolina bajó el arma. Joaquín. La sonrisa de Lupita desapareció. No lo sé. Vi que lo rodearon. Vi que peleó como demonio, pero eran demasiados. Carolina sintió algo retorciéndose en el pecho. Odio, culpa, algo que no tenía nombre. Tenemos que irnos dijo Lupita.

Van a rastrear hacia acá. Conozco cuevas más arriba donde podemos escondernos hasta el amanecer. Y después, después bajamos al otro lado de la sierra, nos alejamos lo más posible. Lupita miró a María. Ella puede caminar. María asintió, aunque apenas podía mantenerse en pie. Puedo, puedo caminar. Se adentraron más en el cañón.

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