Solo tenía tiempo de seguir adelante, de confiar lo suficiente para llegar al campamento, de apretar el revólver contra su pecho y rezar para que las cinco balas fueran suficientes. Al amanecer, Joaquín la despertó con un toque en el hombro. El sol apenas estaba saliendo, pintando el cielo de rojo sangre. Es hora. Hoy llegamos.
Carolina se levantó, se puso los botines sobre los pies vendados, apretó los dientes contra el dolor. Joaquín le extendió la cantimplora. Toma, vas a necesitar fuerzas. Bebió, asintió y empezaron a caminar hacia la sierra, hacia las rocas rojas donde el río se quebraba, hacia el lugar donde María esperaba sin saber que su hermana venía por ella. O tal vez sí lo sabía.
Tal vez en algún rincón de su corazón roto, María todavía tenía esperanza y esa esperanza era lo único que mantenía a Carolina con vida. Subieron por cañones estrechos, por senderos que parecían hechos por cabras, por piedras tan afiladas que cortaban. El paisaje se volvió más salvaje, más hostil. Pinos retorcidos crecían entre las rocas. Eninos bajos se aferraban a la tierra seca. El aire olía diferente aquí arriba.
a Resina, a tierra mojada, a algo antiguo. “Estamos cerca”, susurró Joaquín, “muy cerca.” Y entonces lo vio humo, un hilo delgado de humo subiendo desde un valle escondido entre las montañas. El campamento del coyote. Carolina sintió que todo el odio, todo el dolor, toda la rabia que había cargado durante días se concentraba en un punto ardiente en el pecho. Ahí estaba, ahí estaban los hombres que le arrebataron todo.
Y ahí, en algún lugar de ese campamento maldito, estaba María. Joaquín la agarró del brazo, la jaló detrás de unas rocas. Espera, no podemos acercarnos así no más. Necesitamos un plan. Pero Carolina ya no estaba escuchando. Estaba mirando el humo, imaginando las caras de esos hombres, imaginando la bala entrando en la frente del tuerto, imaginando al coyote cayendo muerto.
Y por primera vez en días sonríó. Joaquín la obligó a retroceder, alejándose del borde donde el valle se abría como una herida en la montaña. Carolina forcejeó, pero él era más fuerte y la jaló hasta que quedaron escondidos entre los pinos retorcidos que crecían en la ladera. Suéltame, siseó Carolina, cálmate.
Si nos ven ahora, morimos los dos y tu hermana se queda ahí para siempre. Las palabras cayeron como agua fría sobre la rabia de Carolina. Joaquín tenía razón y eso la enfurecía todavía más, pero se quedó quieta, respirando profundo, obligándose a pensar con claridad, aunque todo su cuerpo gritara por correr hacia abajo y vaciar el revólver en el primer hijo de perra que encontrara.
“Tenemos que esperar hasta que anochezca”, dijo Joaquín. Observar, contar cuántos son, ver dónde tienen a las mujeres, buscar el mejor punto para entrar y salir. Las mujeres, Carolina lo miró. Hay más, siempre hay más. El coyote no es solo bandido, es tratante. Las vende en la frontera. Por eso tu hermana todavía está viva, todavía tiene valor para él.
Carolina sintió que la bilis le subía a la garganta. Imaginó a María en manos de esos animales esperando ser vendida como ganado, y tuvo que morderse el labio hasta sangrar para no gritar. Pasaron las horas escondidos entre los árboles inmóviles observando.
El campamento era más grande de lo que Carolina había imaginado. Jacales de adobe y madera dispersos entre las rocas. Corrales con caballos, fogatas humeantes. Contó al menos 20 hombres moviéndose entre las construcciones, todos armados, todos con ese aire de violencia casual que tienen los hombres que matan sin pensarlo dos veces. Y entonces la vio.
María salió de uno de los jacales, empujada por un hombre gordo y barbudo. Tenía el vestido rasgado, el pelo enmarañado, pero estaba viva. Carolina sintió que el corazón se le iba a salir del pecho. Quiso gritar su nombre, quiso correr hacia ella, pero Joaquín le puso la mano sobre la boca. “Tranquila”, susurró. Tranquila, ya la viste, está viva.
Ahora necesitamos sacarla de ahí. Carolina asintió con lágrimas quemándole los ojos. María caminaba con dificultad, cojeando con la cabeza baja. Dos hombres más la seguían riéndose de algo. Uno de ellos le dio una palmada en el trasero y ella se tambaleó. Carolina apretó el revólver hasta que los nudillos se le pusieron blancos.
El tuerto, murmuró Joaquín señalando al hombre que caminaba detrás de María. Ese es el lugar teniente del coyote. Si lo matas, los demás van a quedar sin mando. Lo voy a matar, dijo Carolina con voz plana. A él y a todos los que la tocaron. Primero la sacamos, después ajustamos cuentas. Pero Carolina ya no estaba segura de poder esperar tanto.
Siguieron observando hasta que el sol empezó a bajar. Joaquín dibujó un mapa rudimentario en la tierra con una rama. El jacal donde tienen a las mujeres está aquí, al este del campamento. Dos guardias en la puerta, tal vez más adentro. La mejor ruta es por el río, aprovechando las rocas como cobertura. Entramos cuando estén todos dormidos.
Sacamos a tu hermana y nos vamos por el cañón norte antes de que amanezca. Y si nos descubren, entonces improvisamos y probablemente morimos. Carolina lo miró. No tienes que hacer esto. Puedes irte ahora. Joaquín la miró de vuelta y por primera vez Carolina vio algo genuino en sus ojos, algo parecido a dolor. “Sí, tengo que hacerlo.
” Antes de que Carolina pudiera preguntar por qué, escucharon algo. Pasos, ramas quebrándose. Alguien subía por la ladera hacia donde estaban escondidos. Joaquín hizo una seña y ambos se agazaparon detrás de un peñasco conteniendo la respiración. Un hombre apareció entre los árboles, flaco, con rifle al hombro, revisando el perímetro.
Pasó a menos de 5 met de donde estaban, tan cerca que Carolina pudo ver las cicatrices en su cara, el machete oxidado en su cinturón, el corazón le latía tan fuerte que pensó que el hombre lo escucharía. Pero el vigilante siguió de largo, desapareció entre los pinos. Carolina soltó el aire que había estado conteniendo.
Joaquín esperó varios minutos más antes de moverse. Ya saben que alguien puede andar cerca. Van a poner más guardias esta noche. Entonces tenemos que entrar ahora antes de que oscurezca. Es más peligroso. Todo esto es peligroso. Carolina se levantó. Pero cada hora que pasa es una hora más que mi hermana sufre ahí abajo.
Joaquín la miró largo rato como evaluando algo. Finalmente asintió. Está bien, pero necesitamos ayuda. ¿Ayuda de quién? de alguien que conoce estos rumbos mejor que yo. Joaquín señaló hacia el oeste, donde la sierra se volvía más agreste. Los Raramurí tienen rancherías cerca y hay una mujer, si todavía está viva, nos puede ayudar. ¿Quién se llama? Lupita.
El coyote mató a su familia hace dos años. Si le decimos que vamos tras él, se nos une. ¿Cómo sabes que está viva? Porque la he visto. Anda sola por la sierra como fantasma. Dicen que mata a cualquier hombre del coyote que encuentra solo. Carolina sintió algo parecido a Esperanza. No estaban completamente solos. Bajaron de la montaña con cuidado, alejándose del campamento, moviéndose hacia el oeste.
El terreno se volvió más rocoso, más salvaje. Caminaron durante horas mientras el sol se ponía pintando el cielo de naranja y púrpura. Joaquín seguía rastros que Carolina no podía ver, huellas invisibles en la piedra, señales que solo alguien criado en el desierto entendería. Cuando la noche cayó completa, llegaron a un claro entre las rocas donde había restos de fogata.
Joaquín se arrodilló, tocó las cenizas, reciente, menos de un día, está cerca. Y si no quiere ayudarnos, entonces seguimos solos. Pero algo me dice que sí va a querer. Se sentaron a esperar sin hacer fuego en silencio. Carolina sentía cada músculo tenso, cada nervio alerta. Había algo en el aire.
algo que no podía nombrar, como si el desierto mismo estuviera conteniendo la respiración. Y entonces la vieron. Salió de entre las sombras tan silenciosamente que Carolina casi grita. Una mujer más vieja que Carolina, pero no anciana, con piel curtida por el sol y ojos que brillaban con inteligencia salvaje.
Llevaba rifle cruzado en la espalda, machete en la cintura y ropa que parecía hecha de retazos de todo lo que había encontrado en su camino. Su pelo negro y largo estaba trenzado con tiras de cuero. Joaquín el cobarde dijo con voz ronca, pensé que ya estarías muerto, Lupita. Joaquín no se levantó. Necesitamos tu ayuda. Ayuda. La mujer se ríó sin humor. ¿Para qué? ¿Para que me traiciones como traicionaste a los tuyos? Carolina sintió que algo se rompía dentro de ella. Miró a Joaquín. ¿De qué está hablando? Joaquín cerró los ojos.
Lupita, déjame explicar. No hay nada que explicar. La mujer escupió en el suelo. Todos saben que Joaquín el Raramuri era uno de los hombres del coyote, uno de los que mataban, robaban, violaban. Hasta que un día decidió que ya no quería. Carolina sintió que el mundo se detenía.
Se levantó lentamente, la mano yendo al revólver en su cintura. Es verdad. Joaquín abrió los ojos y en ellos Carolina vio confirmación, vio culpa. vio vergüenza. “Carolina, déjame. ¿Estuviste ahí?”, preguntó con voz temblorosa. Esa noche cuando mataron a Rafael, cuando se llevaron a María, el silencio fue respuesta suficiente.
Carolina sacó el revólver, apuntó directo a la cabeza de Joaquín. Las manos no le temblaban. Ya no. Dame una razón para no matarte ahora mismo. Joaquín no se movió, no alzó las manos, solo la miró con esos ojos negros llenos de culpa. No tengo ninguna razón. Si quieres matarme, hazlo. Lo merezco. Carolina sintió el dedo en el gatillo. Sintió el peso del arma.
Sintió todo el odio y el dolor concentrándose en ese momento. Podía matarlo. Debía matarlo. Este hombre había estado ahí. Había visto cómo mataban a Rafael. Había visto cómo la violaban. Había visto cómo se llevaban a María y no había hecho nada. ¿Por qué? Susurró.
¿Por qué no los detuviste? Porque soy un cobarde”, dijo Joaquín con voz quebrada, “porque toda mi vida he sido un cobarde. Cuando mataron a mi familia, no pude hacer nada porque era niño. Cuando el coyote me encontró años después y me obligó a unirme a él, no tuve valor para negarme. Y cuando vi lo que te hicieron esa noche, tampoco tuve valor para detenerlo.
Mi marido está muerto por tu culpa. Lo sé. Mi hermana está ahí abajo sufriendo por tu culpa. Lo sé. Yo yo Carolina no pudo terminar la frase. El llanto se le atragantó en la garganta. Bajó el arma temblando, sintiendo como todo se desmoronaba otra vez. Había confiado en él, había caminado con él por el desierto, había dejado que le curara los pies, que le diera agua, que le diera esperanza. Y todo había sido mentira.
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