Me llamo Joaquín, dijo el hombre. Y tú vas a morir aquí si sigues caminando sola. Carolina lo miró con desconfianza, con lo poco que le quedaba de instinto de supervivencia. ¿Qué quieres? Nada, pero sé a dónde vas. Joaquín señaló hacia el norte, hacia la sierra. “Buscas el campamento del coyote?” El corazón de Carolina dio un salto violento.
“¿Cómo lo sabes? Porque no eres la primera mujer que viene caminando por el desierto con esa mirada.” Hizo una pausa. “Y porque vi cuando se llevaron a tu hermana, Carolina sintió que el mundo se detenía. Lo agarró del brazo con fuerza que no sabía que tenía. ¿La viste? ¿Viste a María? Una muchacha rubia llorando. Sí, la vi.
¿Dónde está? ¿Dónde la tienen? Joaquín se soltó con cuidado. Se puso de pie. Está viva por ahora, pero si quieres llegar a ella, necesitas ayuda. Yo puedo llevarte. ¿Por qué? Joaquín miró hacia la sierra y en sus ojos había algo oscuro, algo que parecía culpa. “Porque tengo mis razones.” Se echó la carabina al hombro.
“Descansa una hora. Luego seguimos. No hay tiempo que perder. Carolina no confió en Joaquín. ¿Cómo iba a confiar un hombre que aparece de la nada en medio del desierto que dice haber visto a María, que ofrece ayuda sin pedir nada a cambio. En el norte de México nadie hacía nada por nada, pero tampoco tenía opción. Sola moriría en dos días más.
Con él al menos tenía una posibilidad de llegar viva. Descansó esa hora bajo el mesquite, obligándose a racionar el agua que Joaquín le dio, obligándose a ignorar el dolor en los pies destrozados por las piedras. Joaquín se sentó a unos metros masticando algo que parecía cecina seca, con los ojos fijos en el horizonte, como si pudiera ver cosas que ella no veía, no hablaba. Y eso de alguna manera era peor que si hablara.
Cuando el sol empezó a bajar, Joaquín se levantó sin decir palabra. Carolina lo siguió cojeando, apretando los dientes para no quejarse. Caminaron durante horas, ya con el fresco del atardecer, haciendo el trayecto más soportable. Joaquín conocía cada piedra, cada arbusto, cada sombra.
se movía como animal salvaje, sin hacer ruido, sin dejar rastro. Carolina intentaba seguirle el paso, pero cada músculo de su cuerpo gritaba pidiendo que se detuviera. “¿Cuánto falta?”, preguntó cuando ya no aguantó más. Un día, tal vez dos. Depende de si los rastreadores del coyote andan por aquí. Carolina sintió que el corazón se le apretaba. Nos están buscando. Siempre están buscando. Joaquín escupió en el suelo.
El coyote no perdona que alguien se le escape. Y tú eres testigo de lo que hicieron. Eso te hace peligrosa. Yo no me escapé. Me dejaron viva. Eso es peor. Joaquín la miró por primera vez desde que empezaron a caminar. Significa que no les importó o que querían que sufrieras más tiempo. Las palabras cayeron como piedras en el estómago de Carolina.
Había pensado lo mismo durante esos tres días tirada en el rancho, preguntándose por qué no la mataron tamban bien. Ahora tenía la respuesta y dolía más que cualquier golpe. Acamparon cuando la noche cayó completa, sin fuego, porque el humo se ve a kilómetros en el desierto. Joaquín le dio más ceesina y agua y Carolina comió en silencio, sintiendo como el cuerpo le pedía más, pero sabiendo que tenía que contenerse.
La noche del desierto era fría, tan fría que los huesos le dolían, y se envolvió en el sarape viejo que Joaquín le prestó sin decir nada. ¿Por qué me ayudas? Preguntó Carolina de pronto, rompiendo el silencio que se había vuelto insoportable. Joaquín no contestó de inmediato. Se quedó mirando las estrellas, esas estrellas que brillaban tan claras en el cielo del norte que parecían estar al alcance de la mano. Ya te dije, tengo mis razones.
Eso no es respuesta. Es la única que vas a tener por ahora. Carolina apretó el revólver que llevaba en la cintura, sintiendo el metal frío contra la piel. ¿Cómo sé que no me vas a entregar con ellos, Joaquín? se rió, pero fue una risa seca, sin humor. Si quisiera entregarte, ya lo habría hecho.
Ellos pagan bien por cualquiera que traiga información. Se dio vuelta para mirarla, pero yo no trabajo para el coyote, no más. Esas últimas dos palabras quedaron flotando en el aire como humo. No más. Carolina sintió que algo se le revolvía en el estómago. ¿Trabajaste para él? Todos hemos trabajado para alguien en algún momento. Joaquín se recostó sobre su petate. Duerme.
Mañana vamos a caminar todo el día. Pero Carolina no durmió. se quedó despierta mirando la espalda de Joaquín, preguntándose qué clase de hombre era, qué secretos cargaba, y, sobre todo, preguntándose si había cometido un error al aceptar su ayuda, porque algo en su forma de hablar, en su forma de moverse, le decía que Joaquín no era un simple rastreador, era algo más, algo peligroso.
Al amanecer siguieron caminando. El paisaje cambió poco a poco. El desierto plano dio paso a colinas rocosas, a cañones secos, a peñascos que se alzaban como gigantes dormidos. El calor seguía siendo brutal, pero al menos había más sombra. Joaquín señaló hacia el norte, donde se veía una línea oscura en el horizonte.
La sierra, ahí es donde están. ¿Cuánto falta? Si seguimos así, llegaremos mañana al anochecer. Pero vamos a tener que ser cuidadosos. Hay lugares donde el coyote tiene vigías. Carolina asintió apretando el paso, aunque los pies le sangraran dentro de los botines destrozados.
Cada hora que pasaba era una hora más que María pasaba en manos de esos animales. Cada hora era una eternidad. A mediodía, Joaquín se detuvo de golpe, levantó la mano pidiendo silencio, se agachó, examinó el suelo. Carolina se acercó despacio, el corazón latiéndole fuerte. ¿Qué pasa? Huellas. Tres caballos, tal vez cuatro, pasaron hace pocas horas.
Joaquín se levantó, escudriñó el horizonte. Van hacia el sur, probablemente rastreadores que vienen del campamento. ¿Nos vieron? No, pero eso significa que andan cerca. Tenemos que movernos más rápido. Caminaron durante horas sin detenerse, saltando de sombra en sombra, evitando las crestas donde sus siluetas se verían contra el cielo.
Carolina sentía que los pulmones le iban a estallar, que las piernas se le iban a quebrar, pero no se quejó. Joaquín tampoco aflojó el paso y en algún momento Carolina empezó a respetarlo por eso. No la trataba como mujer frágil, la trataba como igual. Al caer la tarde, llegaron a un cañón estrecho donde un hilo de agua corría entre las piedras. Joaquín se arrodilló, bebió directamente del arroyo y Carolina hizo lo mismo.
El agua estaba fría, casi helada y le supo a gloria después de horas de polvo y sed. Vamos a quedarnos aquí esta noche, dijo Joaquín. Es buen lugar para escondernos y necesitas descansar esos pies. Carolina se quitó los botines, vio las ampollas reventadas, la piel en carne viva. Joaquín sacó de su morral un trapo y unas hojas verdes que Carolina no reconoció.
“Gobernadora”, explicó, “los taraumaras la usan para las heridas.” Masticó las hojas hasta hacer una pasta verde. La untó en los pies de Carolina con cuidado casi delicado. Ella hizo una mueca de dolor, pero no se quejó. Joaquín le vendó los pies con el trapo, apretó bien. Mañana vas a poder caminar mejor. ¿Por qué sabes tanto del desierto?, preguntó Carolina. Joaquín se quedó callado un momento largo.
Me criaron aquí. Los taraumaras me encontraron cuando era niño. Me enseñaron a sobrevivir. ¿Qué le pasó a tu familia? Los ojos de Joaquín se oscurecieron. Lo mismo que le pasó a la tuya, Carolina sintió algo parecido a comprensión, a conexión, pero también sintió algo más, desconfianza, porque Joaquín seguía sin decirle toda la verdad. ¿Y cómo terminaste con el coyote? Joaquín se levantó bruscamente.
Voy a buscar algo para comer. Quédate aquí. No hagas ruido. Desapareció entre las rocas antes de que Carolina pudiera decir nada más. Se quedó sola en el cañón. escuchando el murmullo del agua, sintiendo como la noche caía rápida como siempre en el desierto, y en ese silencio se dio cuenta de algo.
Joaquín estaba huyendo de su pasado tanto como ella estaba persiguiendo el suyo. Cuando regresó, traía dos conejos muertos ya desollados. Hizo fuego pequeño entre las rocas donde el humo no se vería y asó la carne en silencio. Carolina comió con hambre feroz. sintiendo cómo la fuerza le volvía al cuerpo. Joaquín apenas probó bocado.
“Mañana”, dijo finalmente, “vamos a ver el campamento desde lejos. Necesito saber cuántos son, cómo están armados y necesito saber si tu hermana sigue ahí.” Carolina sintió que el aire se le atoraba en la garganta. “¿Y si no está?”, entonces seguimos el rastro. Pero tiene que estar. El coyote no se mueve del campamento así no más, es su fortaleza.
¿Y qué vamos a hacer? Entrar nosotros dos contra 30 hombres armados. Joaquín la miró directo a los ojos. No, vamos a esperar el momento correcto y cuando llegue vamos a entrar rápido, sacar a tu hermana y largarnos antes de que se den cuenta. Eso es un suicidio. Todo esto es un suicidio. Joaquín se recostó.
Pero es el único plan que tenemos. Carolina se quedó despierta otra vez, mirando las brasas moribundas del fuego, pensando en María, preguntándose si todavía estaría viva, si todavía tendría esperanza. Y pensando en Joaquín, en los secretos que cargaba, en las sombras que veía en sus ojos, cada vez que hablaba del coyote, algo no cuadraba. Y Carolina lo sabía, pero no tenía tiempo de averiguar qué era.
Leave a Comment