—Mi padre no debió intervenir —continuó en un tono suave, casi triste—. Aunque entiendo por qué lo hizo.
Mi respiración se volvió un hilo tembloroso.
—¿Por qué lo hizo? —pregunté con la voz quebrada.
Daniel sonrió.
Una sonrisa lenta.
Una sonrisa que jamás le había visto.
—Porque… quería darte una oportunidad.
El silencio que siguió fue tan espeso que sentí que me ahogaba.
Di un paso hacia atrás, buscando algo con qué defenderme, cualquier cosa.
Daniel ladeó la cabeza.
—¿Estás pensando en huir?
Mi garganta se cerró.
Él avanzó otro paso.
—No te preocupes —susurró—. Todavía tienes tiempo… antes del amanecer.
Y entonces lo supe.
Lo que fuera que ocurriera en esa casa…
esa advertencia no había sido un error.
Retrocedí hasta sentir el frío de la pared contra mi espalda. Daniel seguía avanzando, despacio, como si temiera que un movimiento brusco me hiciera estallar en mil pedazos. Su voz, en cambio, seguía siendo suave… demasiado suave.
—No quiero asustarte —dijo.
—Ya lo estás haciendo —logré responder con un hilo de voz.
Daniel suspiró y se pasó una mano por el rostro, como si luchara consigo mismo.
—No debería decírtelo así… pero mi padre lo arruinó todo. Nada de esto debía ser tan… violento.
“Violento.”
La palabra cayó como un cuchillo dentro de mi estómago.
—¿Qué está pasando, Daniel? —pregunté con un temblor que ya no podía ocultar—. ¿Por qué me dio dinero tu padre? ¿Por qué me dijo que huyera?
Daniel se detuvo. Alzó la mirada hacia la puerta cerrada con llave. Después hacia la ventana cubierta por las cortinas. Lo noté… calculando.
—Porque cree que no vas a soportarlo —respondió finalmente.
—¿Soportar qué?
Se acercó un poco más, pero mantuve una distancia mínima extendiendo una mano, instintiva, defensiva. Él se detuvo. Durante un instante, el brillo extraño en sus ojos pareció apagarse y volvió a ver al hombre del que yo me había enamorado.
—Mi familia… —comenzó— carga con una maldición.
Parpadeé. No esperaba eso.
Ni siquiera estaba segura de haberlo escuchado bien.
—¿Una… maldición?
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