En la noche de bodas, mi suegro me deslizó en la palma de la mano un sobre con 5.000 dólares y susurró: «Si quieres seguir con vida, vete ahora mismo». Me quedé paralizada, como si el suelo se hubiera derrumbado bajo mis pies……

En la noche de bodas, mi suegro me deslizó en la palma de la mano un sobre con 5.000 dólares y susurró: «Si quieres seguir con vida, vete ahora mismo». Me quedé paralizada, como si el suelo se hubiera derrumbado bajo mis pies……

Daniel sonrió con amargura.

—Llámalo como quieras. Genética, destino, locura hereditaria, rituales… todos tenemos nuestra versión. Pero hay algo que se repite en cada generación:
la primera noche de bodas… alguien muere.

El aire se volvió espeso, irrespirable.

—Estás… estás bromeando.

—Ojalá —susurró—. Pero no. Mi bisabuela murió la noche en que se casó. Luego mi abuela. Después la primera esposa de mi padre.

Me quedé helada.

—¿Tu padre estuvo casado antes?

Daniel asintió levemente.

—Y ella murió horas después de la boda. Una caída por las escaleras. Oficialmente fue un accidente… pero en esta familia nadie cree en accidentes.

Mi mente se llenó de un torbellino insoportable.

—Entonces… ¿tu padre…?

—Cree que yo soy el siguiente —interrumpió Daniel—. Y cree que si alguien debe morir esta noche… no debería ser tú.

El mundo pareció inclinarse bajo mis pies.

—No —murmuré, retrocediendo—. Esto no tiene sentido. No puede ser real. Tú estás inventando esto, estás—

—¿Crees que quiero que tengas miedo? —dijo él, acercándose un paso, aunque sin tocarme—. Mi padre te dio dinero porque… porque él está convencido de que si me casaba, la maldición reclamaría otra vida. Y prefiere sacrificarme a mí antes que a ti.

Mis manos temblaban tanto que casi dejé caer el sobre.

—¿Y tú? —pregunté—. ¿Tú qué crees?

Daniel bajó la mirada.
Y cuando respondió, su voz se quebró:

—Creo… que algo va a pasar antes del amanecer.

Un silencio aterrador se apoderó de la habitación.

—Por eso quería que confiaras en mí —continuó—. No quiero hacerte daño. Solo quiero que… si algo ocurre… no estés sola. Que estés conmigo.

Una ráfaga de viento golpeó la ventana. O tal vez fue otra cosa. Algo más pesado. Más cercano.

Daniel se volvió hacia el ruido lentamente.

Yo apreté el sobre contra mi pecho.

Él murmuró:

—Ya empezó.

Y, en ese instante, la luz de la habitación parpadeó… y se apagó.

La oscuridad fue absoluta. Ni un rastro de luz se filtraba desde la ventana.
Solo escuché la respiración acelerada de Daniel… y la mía, que parecía desgarrarme el pecho.

—No te muevas —susurró él en la oscuridad—. Quédate cerca.

Pero mis piernas ya estaban temblando.
Di un paso hacia atrás. Tropecé con el borde de la cama.
El sobre con el dinero se me resbaló de las manos y cayó al suelo con un susurro de papel.

Entonces, en el silencio más asfixiante, escuchamos algo más.

Un paso.
Allí afuera.
En el pasillo.

Después otro.

Y otro.

Lentos.
Pesados.
Como si alguien caminara arrastrando algo.

Daniel se interpuso entre la puerta y yo. A pesar del miedo que lo sacudía, lo vi erguirse con una determinación casi desesperada.

—No dejes que entre —me dijo en voz baja—. Pase lo que pase… no lo mires a los ojos.

Un escalofrío heló mi sangre.

—¿A quién? —pregunté con un susurro quebrado.

Daniel no respondió. No pudo.
Porque en ese momento, la puerta vibró con un golpe seco.

Yo ahogué un grito.

Daniel apretó los dientes.

—No tiene derecho —murmuró—. Esta vez no.

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