PARTE 1
“Si algo le pasa a Lucía mientras estamos en Cancún, la culpa va a ser tuya”, me dijo mi suegra, como si estuviera dejándome una maceta y no a su propia hija.
Me llamo Elena, tengo 27 años y alguna vez creí que iba a cantar en escenarios, con luces, banda y gente coreando mi nombre. Pero la vida en la Ciudad de México me aterrizó rápido: trabajé en un banco, pagué deudas, dejé los sueños para “después” y terminé casándome con Diego porque, según mi mamá, “ya era hora de darle un nieto”.
Diego parecía bueno. Trabajaba en una empresa importante en Santa Fe, usaba trajes caros y hablaba de negocios como si estuviera salvando al país. Cuando éramos novios, me escuchaba, me traía pan dulce de sorpresa y me decía que él también había soñado con ser actor. Por eso pensé que me entendía.
Todo cambió después de casarnos.
Primero fueron las llegadas tarde. Luego el olor a alcohol. Después, los domingos en casa de sus papás sin invitarme. Cuando le preguntaba qué pasaba, me contestaba frío:
—Estás exagerando, Elena.
Su mamá, doña Carmen, nunca me quiso. Vivía en Querétaro con su esposo, don Ricardo, y con Lucía, la hermana menor de Diego. Lucía había enfermado de niña; según todos, una fiebre mal atendida la dejó sin hablar y en silla de ruedas. Yo aprendí lenguaje de señas para comunicarme con ella, y con el tiempo se volvió mi única aliada en esa familia.
Un domingo, Diego por fin me llevó a verlos. Doña Carmen torció la boca cuando me vio entrar con una caja de conchas y orejas.
—Ay, otra vez pan de la misma panadería —dijo—. Bueno, déjalo ahí.
Luego Diego soltó la noticia:
—Nos vamos a Cancún una semana. Mi mamá, mi papá, mi hermana Paola y yo.
Me quedé esperando que dijera mi nombre, pero no lo hizo.
—¿Y yo? —pregunté.
Doña Carmen sonrió con veneno.
—Tú te vas a quedar cuidando a Lucía. Para eso eres parte de la familia, ¿no?
Me dolió, pero pensé que pasar una semana con Lucía sería mejor que fingir alegría con ellos en la playa.
Antes de irse, Diego me señaló con el dedo:
—Cuidarla es tu responsabilidad. No te hagas la víctima ni flojees.
Doña Carmen agregó:
—Y más te vale portarte bien. Si algo le pasa, te demandamos.
Me mordí la lengua. Los vi salir con sus maletas, sombreros ridículos y lentes de sol, abandonando a Lucía como si fuera un estorbo.
Cuando cerré la puerta y entré a su cuarto, Lucía estaba acostada, inmóvil, mirando al techo.
Entonces se sentó de golpe, movió las piernas, me miró directo a los ojos y dijo con voz clarísima:
—Ándale, Elena. Vámonos nosotras también.
No podía creer lo que estaba a punto de pasar…
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