PARTE 1
“Durante veintiún días, mi cuñado entró a mi casa para enfermar a mi esposa, mientras yo le decía que seguramente era estrés.”
Me llamo Arturo Salinas, tengo 63 años y durante casi toda mi vida fui ingeniero civil en Guadalajara. Aprendí a calcular cargas, grietas, columnas vencidas y techos a punto de caerse. Lo irónico es que jamás supe ver cómo se estaba derrumbando mi propia casa.
Mi esposa, Carmen, tenía 59 años. Llevábamos 35 años casados. Era maestra jubilada, de esas mujeres que guardan los dibujos de los hijos aunque ya estén amarillos. No era dramática. No exageraba. Por eso, cuando empezó a decirme que se mareaba, que no tenía hambre y que despertaba en la madrugada con el corazón golpeándole el pecho, debí preocuparme más.
Pero yo hice lo que hacen muchos hombres confiados y tontos: le di un beso en la frente y le dije que sacara cita con el doctor.
Carmen tenía un hermano menor, Ernesto. Cincuenta y cuatro años, sonrisa fácil, de esos que llegan diciendo “yo te ayudo, cuñada” y luego dejan todo a medias. Nunca conservó un trabajo más de dos años. Siempre estaba endeudado, siempre culpando a alguien más. Pero Carmen lo protegía como si todavía fuera el niño flaco que ella cuidaba en la colonia.
El problema era una casa en Chapala. La habían heredado sus padres, y Carmen era la única dueña. No era una mansión, pero valía bastante. Ernesto hacía comentarios disfrazados de broma:
—A ti sí te tocó lo bueno, hermana.
Yo lo escuchaba. Me incomodaba. Pero no hice nada.
En octubre, Carmen empeoró. Bajó de peso. Caminaba como si el piso se moviera. El doctor dijo que tenía el hierro bajo y le mandó suplementos. Ernesto empezó a venir “para ayudar”: que a revisar una fuga, que a cambiar un foco, que a acompañarla mientras yo trabajaba.
Yo mismo le abrí la puerta.
Nuestra hija Mariana fue la primera en alarmarse.
—Papá, mamá no está bien. Me preguntó tres veces lo mismo por teléfono.
Ese día prometí poner atención. Y como tantas promesas cobardes, la cumplí demasiado tarde.
Un miércoles regresé temprano por un dolor de cabeza. Eran las tres y cuarto. Vi el Tsuru viejo de Ernesto estacionado afuera. Entré sin hacer ruido.
Él estaba sentado en la cocina tomando café. Carmen, frente a él, envuelta en un suéter aunque hacía calor. Se veía pálida, cansada, pero le sonreía con cariño.
—Cuñado, no te esperábamos —dijo Ernesto, demasiado tranquilo.
Esa noche le pregunté a Carmen cuántas veces había ido.
—No sé… una vez por semana… quizá más. Es buena compañía.
Su voz sonaba perdida.
Entonces hice algo que me dio vergüenza admitir: compré una cámara pequeña, de esas que parecen detector de humo, y la puse en la sala. Me dije que era para cuidar a Carmen, por si se caía. Pero en el fondo sabía que quería vigilar a Ernesto.
La primera semana no pasó nada. Él iba, preparaba té, hacía crucigramas con ella. Hasta me sentí ridículo.
Hasta el jueves.
Estaba en una obra cuando la aplicación me avisó movimiento. Abrí el celular. Ernesto estaba en la cocina. Carmen no aparecía. Él abrió el botiquín, miró hacia el pasillo y sacó algo del bolsillo de su chamarra.
Luego destapó el frasco de suplementos de Carmen.
Y vació algo dentro.
No podía creer lo que estaba a punto de pasar…
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