PARTE 2
Vi el video cinco veces. En la primera no entendí. En la segunda sentí frío. En la tercera ya no pude inventarme excusas.
Mi cuñado, el hermano de mi esposa, estaba manipulando las pastillas que Carmen tomaba todos los días.
Lo más horrible fue que no llamé a la policía de inmediato. Me quedé sentado dentro de la camioneta, con el casco de obra en las piernas, respirando como si acabara de ver caer un puente lleno de gente. Mi cabeza buscaba otra explicación: tal vez eran vitaminas, tal vez estaba cambiando unas cápsulas, tal vez yo había visto mal.
Pero no había visto mal.
Llamé a Carmen.
—No tomes tus suplementos hasta que yo llegue.
—¿Por qué? —preguntó con esa voz suave, confundida.
—Quiero revisar la dosis con el doctor.
Luego llamé a Mariana. Apenas le conté, empezó a llorar.
—Papá, llama a la policía ya.
—Primero voy por el frasco.
—¡No lo toques!
—Lo voy a guardar. Necesitamos pruebas.
Manejé como loco por López Mateos. Llegué en menos de lo que debía. Carmen dormía en el sillón. Fui directo al botiquín, tomé el frasco con una servilleta y lo metí en una bolsa hermética. Después me senté junto a ella.
—Perdóname —le dije.
Abrió los ojos apenas.
—¿Por qué, Arturo?
No supe responder.
La policía llegó esa tarde. Les mostré el video. Una oficial joven, de rostro serio, se llevó el frasco. Me pidió no contactar a Ernesto. También nos recomendó llevar a Carmen al hospital inmediatamente.
Ella no quería.
—Estoy bien, Arturo. Ya vas a empezar con tus exageraciones.
Mariana llegó a la casa casi gritando.
—Mamá, por favor. Hazlo por mí.
En urgencias, Carmen seguía defendiendo a su hermano.
—Ernesto no sería capaz. Él me cuida.
Yo sentí que esas palabras me partían más que cualquier diagnóstico.
Los análisis tardaron, pero los médicos no tardaron en notar algo extraño. Había señales de intoxicación progresiva. No era casual. No era un error de farmacia. Alguien estaba introduciendo una sustancia en sus cápsulas para deteriorarla lentamente: mareos, confusión, debilidad, pérdida de equilibrio. Lo suficiente para parecer enfermedad. Lo suficiente para que nadie sospechara.
Esa noche la policía se llevó a Ernesto a declarar.
Pero el giro llegó al día siguiente.
Mariana encontró en la mochila vieja de su tío varios papeles impresos: consultas sobre poderes notariales, incapacidad mental y transferencia de propiedades familiares. También había una copia de la escritura de la casa de Chapala.
Carmen la había guardado en un cajón de nuestra recámara.
Ernesto no solo quería enfermarla. Quería declararla incapaz.
Y entonces recordé algo que me heló la sangre: dos semanas antes, Carmen me había dicho que Ernesto quería llevarla “con un licenciado de confianza” para arreglar unos papeles “por si algún día pasaba algo”.
Yo le dije que después lo veíamos.
Después.
Esa palabra me pesó como concreto mojado.
La policía revisó llamadas, mensajes y movimientos bancarios. Ernesto debía dinero. Mucho. No a bancos solamente, sino a gente peligrosa de Tonalá, prestamistas que no mandan recordatorios amables.
Cuando Carmen despertó más lúcida, la oficial le preguntó si Ernesto le había pedido firmar algo.
Ella se quedó callada.
Después miró a Mariana y dijo:
—Sí… me dijo que era para proteger la casa.
Todos en la habitación dejamos de respirar.
Pero faltaba lo peor: Ernesto no había actuado solo, y el nombre de la otra persona estaba a punto de destruirnos a todos…
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