PARTE 2
Por unos segundos pensé que me estaba desmayando.
—¿Tú… hablas? —balbuceé.
Lucía sonrió como niña traviesa.
—Y camino. Desde hace más de un año.
Se levantó de la cama sin esfuerzo. Caminó hasta el clóset, sacó una maleta rosa y empezó a meter vestidos, sandalias y una bolsa de maquillaje.
—¿Por qué lo ocultaste? —pregunté, todavía temblando.
Lucía respiró hondo.
—Porque mi mamá no es mi mamá.
Me quedé helada.
Entonces me contó todo. Don Ricardo había estado casado antes y Lucía era hija de su primera esposa, una mujer que murió cuando ella era pequeña. Doña Carmen se casó con él después y tuvo a Diego y Paola. Desde niña, Lucía fue tratada como una carga. Cuando enfermó, doña Carmen usó su discapacidad para controlarla, para recibir lástima y para hacer sentir culpable a don Ricardo.
—Mi papá sabe que ya puedo caminar y hablar —dijo Lucía—. Él me ayudó con terapias en secreto. También me sacó pasaporte y pagó todo.
—¿Todo qué?
Lucía levantó dos boletos de avión.
—Nuestro viaje a Cancún. Mismo hotel que ellos.
Creí que era una locura, pero algo dentro de mí despertó. Tal vez era rabia. Tal vez dignidad. Tal vez las ganas de verles la cara cuando la “carga” que dejaron atrás apareciera caminando por el lobby.
Don Ricardo nos esperaba en el aeropuerto de la Ciudad de México. Me tomó las manos con mucha vergüenza.
—Perdóname, Elena. Yo debí detener muchas cosas antes. Pero esta vez quiero que Lucía cierre ese capítulo. Y creo que tú también necesitas abrir los ojos.
No entendí del todo hasta esa noche.
Llegamos al hotel en la zona hotelera de Cancún antes que ellos. Dormimos unas horas y, al atardecer, Lucía se arregló con un vestido blanco precioso. Yo bajé primero al restaurante para ubicar a Diego.
Los encontré en una mesa junto al ventanal, riéndose con copas en la mano. Pero no estaban solos. Junto a Diego había una mujer joven, muy maquillada, con la mano sobre su brazo. Él no se apartaba. Al contrario, le sonreía como antes me sonreía a mí.
Me acerqué lo suficiente para escuchar.
—Qué descanso no tener a Elena aquí —dijo doña Carmen—. Esa mujer nunca estuvo a la altura de nuestra familia.
Diego soltó una risa seca.
—Cuando regresemos voy a pedirle el divorcio. Algo vamos a inventarle. Si se pone difícil, decimos que descuidó a Lucía.
La mujer acarició su copa.
—Pero ya no tardes, Diego. Me prometiste que esto se iba a resolver.
Sentí que el piso se movía.
Doña Carmen añadió:
—Le podemos sacar dinero. Que pague por los años que mi hijo perdió con ella.
Grabé todo con el celular. No sé cómo tuve pulso, pero lo hice.
Subí al cuarto con la garganta cerrada. Lucía me vio la cara y no necesitó preguntar mucho. Le conté.
Ella apretó la mandíbula.
—Entonces no solo me abandonaron a mí. También te estaban preparando una trampa.
En ese momento entendí que el viaje no era para divertirse. Era para exhibirlos.
Lucía tomó mi mano.
—Vamos a cenar. Pero esta vez, que ellos se traguen sus propias palabras.
Cuando entramos al restaurante, Diego estaba besando la mano de aquella mujer.
Y yo caminé directo hacia su mesa.
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