—Sebastian.
Él la miró durante un largo momento.
Luego su rostro se suavizó, pero solo para ella.
—Está bien. No lo destruiré por ti.
Ella exhaló.
—Simplemente permitiré que la verdad haga lo que la verdad hace.
—Eso suena como una amenaza legal.
—Es un principio espiritual con respaldo legal.
A pesar de todo, Eliza se rio.
El sonido los sorprendió a ambos.
Sebastian la miró como si el sol hubiera salido por la dirección equivocada.
—Ahí estás —dijo suavemente.
El viaje hacia Manhattan pasó en un borrón de carreteras grises, luz plateada del río y torres perforando el cielo matutino. Sebastian iba sentado a su lado, lo bastante cerca para que sus hombros se tocaran, pero sin reclamar nunca más de lo que ella ofrecía. Ese siempre había sido su poder. Podía poseer media ciudad y aun así pedir permiso para tocarle la mano.
Ella se la dio.
Él entrelazó sus dedos con los de ella.
—Hay algo esta noche —dijo.
Eliza se volvió hacia él.
—No.
—No sabes qué voy a decir.
—Conozco tu voz.
—La gala de la Fundación Whitmore.
—Absolutamente no.
—En el Met.
—No.
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