Nadie del pueblo había llegado.

El silencio comenzó a sentirse extraño.
Primero fue una incomodidad leve, como cuando una fiesta tarda en arrancar y todos piensan que los invitados solo vienen retrasados. José Ramírez seguía de pie en la entrada del patio, mirando el camino de tierra que conducía al centro del pueblo de San Miguel Xoxtla.
El sol ya estaba alto.
La comida seguía caliente.
Las noventa mesas estaban perfectamente alineadas bajo la gran carpa blanca.
Pero seguían vacías.
Diego miró su reloj por tercera vez.
—Papá… ya pasó casi una hora.
José no respondió de inmediato. Se limitó a rascarse la barbilla, intentando mantener la calma.
—Tal vez… están ocupados.
María apretó las manos sobre el delantal.
—Pero todos dijeron que vendrían.
El olor del mole poblano, del arroz y de la carne guisada comenzaba a mezclarse con el aire caliente del mediodía. Los cocineros, que habían trabajado desde antes del amanecer, empezaban a mirarse entre ellos con cierta incomodidad.
Uno de ellos se acercó a José.
—Don José… ¿sirvo la comida o esperamos más?
José tragó saliva.
—Esperemos un poquito más.
Pero en el fondo de su pecho comenzaba a crecer algo que no quería nombrar.
Inquietud.
Pasaron veinte minutos más.
Luego treinta.
El camino seguía vacío.
Ni un niño corriendo.
Ni una motocicleta.
Ni el ruido de alguien acercándose.
Diego empezó a sentirse incómodo.
—Papá… ¿seguro que entregaste todas las invitaciones?
José levantó la mirada con cierta molestia.
—Claro que sí.
Luego bajó la voz.
—Fui casa por casa.
María intentó intervenir con suavidad.
—Tal vez… hubo algo en el pueblo que no sabemos.
Pero Diego comenzó a notar algo más.
Algo raro.
Durante la mañana casi nadie había pasado por la calle frente a su casa.
Ni siquiera los vecinos de siempre.
—Mamá… ¿no se te hace extraño?
María también lo había notado.
Pero no quiso decirlo.
José respiró hondo.
—Voy a ver qué pasa.
Se quitó el sombrero y caminó hacia el camino de tierra.
Diego lo siguió unos pasos atrás.
Caminaron hasta la entrada del terreno y miraron hacia el pueblo.
Silencio.
Las casas parecían cerradas.
Las calles… vacías.
Era como si todo San Miguel Xoxtla hubiera desaparecido.
José frunció el ceño.
—Esto no tiene sentido.
Diego empezó a sentir un peso en el estómago.
—Papá… ¿crees que hicimos algo mal?
José lo miró de inmediato.
—Claro que no.
Pero su voz no sonaba tan segura como antes.
Regresaron al patio.
Las mesas seguían intactas.
Los manteles blancos ondeaban con el viento.
La comida comenzaba a enfriarse.
María estaba sentada en una silla cerca de la mesa donde había colocado el cuaderno para anotar a los invitados.
El cuaderno seguía completamente vacío.
Ni un nombre.
Ni un sobre.
Cuando vio la cara de su esposo entendió que algo no estaba bien.
—¿Y?
José negó lentamente.
—Nada.
Diego sintió un golpe en el pecho.
—¿Cómo que nada?
—Nada.
El silencio cayó pesado entre los tres.
Uno de los cocineros habló en voz baja:
—Don José… la comida no puede esperar mucho más.
José miró las enormes ollas.
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