—Pues encuéntrala.
Así de simple.
Como quien habla de comprar terrenos.
Alejandro caminó lentamente hacia la ventana del despacho.
Abajo, Sofía reía por primera vez jugando con las empleadas domésticas.
Aquello debía bastarle.
Debía sentirse agradecido.
Feliz.
Pero la ambición tiene una forma horrible de contaminar incluso los milagros.
—¿Te imaginas lo que pagarían los padres por algo así? —murmuró Federico detrás de él—. Hospitales enteros. Clínicas. Fundaciones.
Alejandro no respondió.
Porque ya lo había imaginado.
Demasiado rápido.
Federico se acercó más.
—No estamos hablando solo de México. Estamos hablando del mundo entero.
El silencio se volvió pesado.
Finalmente Alejandro habló.
—Solo quiero ayudar a mi hija.
Mentira.
Ambos lo supieron inmediatamente.
Federico sonrió apenas.
—Claro.
Al día siguiente, media Ciudad de México buscaba a Lupita.
Los escoltas recorrieron mercados.
Calles.
Vecindades.
Paraderos.
Pero nadie sabía exactamente quién era.
Solo tenían una descripción vaga:
una niña pobre con trenzas y huaraches.
Eso describía a miles.
Mientras tanto, en una pequeña vecindad de Tepito, Lupita ayudaba a su abuela Tomasa a moler hierbas sin imaginar el caos que había provocado.
La anciana era diminuta.
Morena.
Con manos viejas llenas de cicatrices de campo y humo.
Escuchó toda la historia en silencio.
Luego miró a su nieta con preocupación.
—No debiste darle eso a una niña rica.
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