—Todavía no.
—¿Cómo que todavía no? Casi morimos.
—Si forzamos la reja, él va a saber que yo hablé. Tiene cámaras en el pasillo lateral y un sensor en el portón. No las ves porque están dentro de las lámparas. Y si llamas a la policía sin pruebas, él dirá que te intoxicó el gas, que estás confundida, que yo sigo enfermo. Tiene doctores, abogados, todo.
Yo quería decirle que no, que eso era imposible, que ningún hombre podía controlar tanto. Pero ahí estaba la verdad. Me había encerrado. Había intentado matarme. Y un niño de diez años estaba explicándome el mapa exacto de su jaula.
—Entonces, ¿qué hacemos?
Mateo tardó un segundo en responder.
—Buscamos la caja del sótano antes de que vuelva.
No me gustó oír eso de un niño. No me gustó oírlo de nadie. Pero era lo único que tenía sentido.
Salimos de la despensa en silencio. El mármol ya no me parecía elegante. Me parecía helado, hostil, como si toda la casa hubiera sido diseñada para que cualquier caída doliera más. Mateo tomó su silla de ruedas, se sentó, se acomodó el babero, torció la cabeza y dejó caer un poco de saliva por la comisura. La transformación fue instantánea.
Viéndolo ahí, otra vez roto por fuera y perfectamente alerta por dentro, entendí la clase de disciplina que le había exigido el miedo.
Y entendí también lo insoportable de su infancia.
Antes de ir al despacho, pasamos por la cocina para limpiar el desastre. Él me indicó qué tocar y qué no. Qué debía quedar como accidente doméstico. Qué debía parecer normal. Yo obedecí. La mano me seguía temblando al secar el agua derramada y cerrar con cuidado el gabinete del gas.
—Alguien más sabe la verdad? —pregunté.
Mateo dudó.
—Rosa sospecha algo.
Rosa era la antigua empleada doméstica. Bajita, canosa, con un lunar oscuro junto a la boca y una costumbre rara de persignarse cada vez que Alejandro entraba a una habitación. Él la despidió seis meses después de nuestra boda, diciendo que nos estaba robando despensa.
—No la estaba robando, ¿verdad?
—No —dijo Mateo—. Me dejaba notas.
—¿Notas?
—En mis libros. Preguntas. Una vez escribió: “Si puedes leer esto y entiendes, toca dos veces la mesa cuando él no esté”. Lo hice. Después ya no volvió.
Sentí algo parecido a esperanza. Fino. Peligroso.
—¿Tienes su número?
Mateo se señaló la manga de la camisa. Dentro del dobladillo, cosido con hilo azul, había un pedacito de tela con un número escrito a mano.
Ese detalle me partió el alma más que cualquier otra cosa.
Un niño no debería llevar un plan de escape cosido en la ropa.
Fuimos al despacho de Alejandro. Olía a cuero, tabaco caro y ese perfume limpio que tanto me había tranquilizado al principio. Sobre la pared había fotos familiares perfectamente enmarcadas. En todas, Alejandro sonreía como un hombre admirable. En ninguna se notaba el monstruo.
Mateo me indicó una librera. Tercera repisa. Un libro falso. Dentro, un pequeño control negro.
—Abre la cava de vinos —susurró.
La cava estaba al fondo, detrás de una puerta de cristal ahumado. Cuando presioné el botón, escuché un clic seco. Una sección completa del mueble se desplazó unos centímetros. Detrás apareció una escalera estrecha hacia abajo.
Un sótano.
En esa casa había un sótano y yo no lo sabía.
El aire que subió olía a humedad, metal y encierro. Bajé primero porque insistí. Mateo venía detrás, esta vez caminando sin disimulo, con una linterna pequeña que sacó del cojín de su silla. Cada paso retumbaba en el concreto.
Abajo había estantes, cajas fuertes pequeñas, archiveros, dos maletas y una mesa de trabajo. Encima de la mesa descansaba un teléfono desechable, una pistola y una carpeta azul.
No toqué la pistola.
Ni siquiera respiré cerca de ella.
Abrí la carpeta. Había copias de pólizas, informes médicos alterados y fotografías del accidente. En una de ellas se veía el auto destruido. En otra, el asiento del conductor estaba vacío. Y en el borde de una imagen, casi fuera de cuadro, aparecía un maletín negro sobre el asfalto.
—Te dije que salió caminando —murmuró Mateo.
Seguí revisando. Encontré transferencias, pagos a clínicas, recibos de medicamentos sedantes y un sobre con mi nombre. Mi nombre.
Lo abrí con los dedos fríos.
Dentro había una hoja fechada tres semanas antes. Decía, en pocas líneas, que yo presentaba “episodios de inestabilidad emocional”, “obsesión persecutoria” y “dependencia afectiva severa”. Estaba firmada por un psiquiatra.
Nunca había visto a ese hombre en mi vida.
Alejandro ya estaba construyendo la versión en la que yo era la loca.
Mateo se acercó a una caja metálica más pequeña en la esquina. Introdujo la llave 214 que había logrado quitarle a su padre meses atrás y que, según me dijo, llevaba escondida dentro de la base de la silla. La cerradura cedió.
Dentro había dinero, un pasaporte con otro nombre y una memoria USB roja.
—Eso es —dijo—. Mi mamá habló ahí.
Extendí la mano hacia la memoria.
Y entonces escuchamos el sonido.
No venía del sótano. Venía de arriba.
El motor de la camioneta.
Mateo levantó la cabeza tan rápido que casi se golpea con el estante.
Yo miré mi teléfono. Tenía tres llamadas perdidas de Alejandro. No las había oído.
Luego entró un mensaje.
“Olvidé un documento. Abre la puerta del despacho. Ya voy entrando.”
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