PARTE 1
“Si alguien pregunta por tu cara, vas a decir que te caíste, ¿entendido?”
Eso me susurró Diego mientras me apretaba el brazo frente a la entrada del salón privado de un restaurante en Polanco. Yo tenía el ojo izquierdo tan hinchado que apenas podía abrirlo. El moretón, morado y negro, me cubría media cara como una mancha de tinta. El maquillaje se me había corrido por las mejillas, y aun así él sonreía, como si estuviéramos llegando a celebrar nuestros diez años de matrimonio y no a ocultar un crimen.
Cincuenta personas nos miraban en silencio: sus socios, sus tíos de Monterrey, mis papás, varios primos, hasta el mariachi que habían contratado dejó de tocar. Detrás de nosotros, Lorena y Patricia, las hermanas de Diego, se tapaban la boca para no reírse.
Pero para entender cómo llegué ahí, hay que volver tres días atrás.
Yo todavía creía que podía salvar mi matrimonio con una cena perfecta. Tenía listas de invitados, menú, flores, velas, hasta una tabla de quién debía sentarse junto a quién para que nadie se sintiera ofendido. Diego llevaba meses de mal humor. Revisaba mi celular cuando me bañaba, me hacía cambiarme de ropa si mi vestido “llamaba demasiado la atención” y se molestaba cuando mi hermana gemela, Sofía, me llamaba.
—Tu hermana siempre te mete ideas —decía—. Quiere destruirnos.
Así que dejé de contarle cosas a Sofía. Luego dejé de verla. Luego empecé a mentirle cuando me preguntaba si estaba bien.
Las hermanas de Diego entraban a mi casa como si fuera suya. Abrían el refrigerador, criticaban mi comida, mi peso, mi forma de limpiar.
—Mariana, ¿esto le vas a dar de cenar a mi hermano? —decía Lorena—. Con razón se ve tan cansado.
—Estás demasiado flaca —agregaba Patricia—. Pareces enferma. Haces quedar mal a Diego.
La noche antes del aniversario, organicé una cena familiar. Preparé mole, arroz rojo, ensalada de nopales y el flan que a Diego le gustaba. Todo iba bien hasta que, sirviendo vino, mi mano tembló y unas gotas cayeron sobre el vestido blanco de Lorena.
Gritó como si la hubiera quemado.
—¡Este vestido cuesta más que tu quincena, inútil!
Yo me disculpé. Ofrecí pagar la tintorería. Pero Diego solo me miró con desprecio.
—Siempre haces lo mismo, Mariana. ¿No puedes hacer una cosa bien?
Esa noche durmió en el cuarto de visitas.
Al día siguiente compré un vestido azul marino para la cena de aniversario. Era caro para mi sueldo de maestra, pero quería verme digna. Lo dejé sobre la cama y fui al baño. Al regresar, tenía una enorme mancha de cloro en el frente.
Patricia estaba al lado con un atomizador en la mano.
—Ups —dijo sonriendo—. Se me fue.
Sentí que algo se rompía dentro de mí.
—¿Por qué me odian tanto?
Ella dejó de fingir.
—Porque no estás a la altura de esta familia. Eres poca cosa para Diego. Ya deberías saber tu lugar.
Cuando Diego llegó, le enseñé el vestido arruinado. Él suspiró como si yo fuera el problema.
—Patricia dijo que fue un accidente. Deja de hacer dramas.
La mañana del aniversario, Sofía me llamó. Apenas escuché su voz, quise contarle todo. Pero Diego gritó mi nombre desde abajo.
—Luego te marco —dije, y colgué.
Cuando bajé, Diego estaba en la sala con Lorena y Patricia. Los tres me miraban como si hubieran estado esperándome para juzgarme.
—Hablaste con Sofía otra vez —dijo Diego.
—Solo quería felicitarnos.
—Mentirosa —dijo Lorena—. Seguro le cuentas cosas de la familia.
Por primera vez, levanté la voz.
—¡No he hecho nada malo! Llevo diez años intentando complacerlos.
El silencio fue terrible.
Diego se acercó tanto que pude sentir su respiración.
—Entonces hoy vas a aprender respeto.
Lorena me abofeteó primero. Patricia me empujó después. Caí contra la esquina de la mesa de centro. Sentí un dolor blanco, caliente, insoportable. Cuando toqué mi ceja, mis dedos salieron llenos de sangre.
Diego me miró desde arriba, sin mover un dedo.
—Arréglate. Tenemos una cena en dos horas.
Y mientras yo sangraba en el piso de mi propia casa, ellos se rieron como si no acabaran de destruirme.
No podía creer lo que estaba a punto de pasar…
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