PARTE 2:
El viento que la golpeó al llegar a la zanja no era seco como siempre… venía cargado, espeso, como si la tierra estuviera respirando por primera vez en años. Clara se detuvo en seco cuando vio el borde del canal: la “zanja inútil” ya no era un surco muerto, ahora era una línea viva que temblaba en la oscuridad.
El sonido la alcanzó antes que la vista. Un murmullo profundo, subterráneo, como si algo grande se estuviera moviendo debajo del suelo. Clara bajó despacio la linterna y lo que iluminó la obligó a apretar la mandíbula: el canal estaba conduciendo agua… pero no solo lluvia.
Era agua que no debería estar ahí.
El flujo venía irregular, violento en algunos puntos, suave en otros, como si siguiera un pulso. Y en ciertos tramos de la zanja, la tierra había cambiado de forma, como si se hubiera acomodado sola para abrirle paso. Clara dio un paso atrás sin querer.
—No… —susurró, pero no sabía si era miedo o confirmación.
Detrás de ella, el viento cambió de dirección. Y con él llegó un sonido nuevo: voces. Gente del pueblo acercándose, linternas, pasos rápidos sobre la tierra seca. Habían visto algo también. El rumor de agua, imposible en ese verano, los había sacado de sus casas como si el hambre los empujara.
Don Mateo fue el primero en aparecer, con el rostro tenso, irreconocible sin su arrogancia.
—¿Qué hiciste aquí, niña? —su voz no sonaba a burla esta vez.
Clara no respondió. Señaló el canal.
El agua seguía avanzando, pero ahora era más clara… demasiado clara. Como si no viniera solo de la lluvia. Y entonces ocurrió lo primero que nadie entendió: en un punto específico de la zanja, el suelo “respiró”. Se hundió apenas unos centímetros… y el flujo se aceleró como si hubiera encontrado una boca abierta.
—Eso no es una zanja… —murmuró alguien detrás.
Clara sintió un frío extraño en el pecho. No porque tuviera miedo del agua… sino porque la zanja estaba reaccionando como si fuera parte de algo más grande. Algo que nunca había estado a la vista.
El murmullo subterráneo se intensificó. La tierra vibró ligeramente bajo sus pies.
Y entonces Don Mateo, con la voz quebrada, soltó una frase que nadie esperaba:
—Esa agua no viene de la lluvia… viene de abajo.
El silencio cayó de golpe. Nadie respiró.
Clara sintió que su memoria chocaba con algo que no encajaba: años cavando, años siguiendo un “instinto” que ella misma no sabía explicar del todo, lugares donde la tierra era más blanda sin razón, ramificaciones que ella nunca planeó del todo…
Y ahora el agua estaba respondiendo como si la hubiera estado esperando.
Un hombre gritó desde el fondo del grupo que algo se movía más adelante, donde la zanja se dividía por primera vez en tres caminos distintos.
Clara dio un paso hacia allí… y el suelo volvió a hundirse, pero esta vez no lentamente.
Algo se abrió.
Algo que nadie había visto antes.
Y desde la oscuridad del canal principal, un flujo mucho más fuerte comenzó a empujar hacia arriba, como si quisiera salir.
Clara sintió que el aire se volvía pesado, imposible de ignorar. Y sin saber por qué, sus manos empezaron a temblar.
Detrás de ella, alguien gritó su nombre.
Pero ella ya no estaba escuchando.
Porque dentro de la zanja… algo acababa de moverse como si la estuviera reconociendo.
Y en ese instante, el agua dejó de ser agua normal…
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