Alejandro Del Valle permaneció arrodillado en medio del Zócalo abrazando a Sofía mientras la niña repetía una y otra vez aquella palabra que durante seis años creyó imposible escuchar.
—Papá…
La voz era débil.
Quebradita.
Imperfecta.

Pero para Alejandro sonó más valiosa que cualquier contrato millonario que hubiera firmado en su vida.
La gente alrededor comenzó a murmurar emocionada.
Una señora empezó a llorar.
Un vendedor de globos se persignó mirando al cielo.
Y Sofía…
Sofía seguía abrazada al cuello de su padre como si acabara de descubrir un mundo nuevo.
Porque hablar no era solo emitir sonidos.
Era existir frente a otros.
Alejandro sentía las lágrimas correrle por el rostro mientras besaba desesperadamente el cabello de su hija.
Pero entonces ocurrió algo oscuro.
Algo pequeño.
Casi invisible.
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