—Entonces vine.
Un grito desde la escalera los hizo volverse.
Aurelio apareció en el corredor, apoyándose en la pared.
Tenía la boca sangrando, el cabello desordenado y la pistola otra vez en la mano.
Pero lo peor eran sus ojos.
Ya no fingían humanidad.
—Qué escena tan hermosa —dijo, respirando con dificultad—. La esposa inútil, el padre vendido y el perro de monte creyéndose héroe.
Mateo se puso delante de Isabela.
Tomás apenas podía mantenerse de pie.
Aurelio apuntó la pistola.
—Bajen todos. Ahora.
Nadie se movió.
Aurelio sonrió.
—Está bien. Empezaré por el viejo.
Disparó.
Mateo empujó a Tomás contra la pared.
La bala rompió el marco de la puerta.
Isabela gritó.
Aurelio volvió a cargar el arma, pero antes de que pudiera disparar de nuevo, un ruido llegó desde afuera.
Caballos.
Muchos caballos.
Voces.
Golpes en la puerta principal.
Aurelio frunció el ceño.
—No…
Mateo miró a Isabela.
—No vine solo.
Desde abajo, una voz de mujer atravesó la casa.
—¡Aurelio Valcárcel! ¡Abra en nombre de la ley!
Isabela reconoció esa voz.
Doña Clara, la costurera.
La misma mujer que bajaba la mirada ante sus moretones.
La misma que fingía no saber.
Aurelio retrocedió un paso.
—Esa vieja no tiene ley.
Mateo levantó la barbilla.
—Trajo al juez de Tepehuanes. Y a veinte hombres que no le deben dinero a usted.
Aurelio perdió el color del rostro.
Abajo, la puerta principal fue golpeada con fuerza.
—¡Sabemos que Tomás Ríos está vivo! —gritó otra voz—. ¡Sabemos lo de las escrituras falsas!
Isabela sintió que el mundo empezaba a abrirse.
No era salvación completa.
Todavía no.
Pero era una grieta en la cárcel.
Aurelio miró a Isabela.
Y en su mirada apareció el odio más puro.
—Todo esto es por tu culpa.
Ella dio un paso atrás.
Él apuntó directo a su pecho.
—Si no puedo tenerte callada, nadie te tendrá viva.
Mateo se lanzó hacia él.
Pero Aurelio disparó antes.
El sonido fue seco.
Cercano.
Terrible.
Isabela cerró los ojos.
Esperó el dolor.
Pero el dolor no llegó.
Al abrirlos, vio a su padre frente a ella.
Tomás estaba de pie, con los brazos abiertos.
La sangre se extendía por su camisa.
—Papá…
Él cayó lentamente.
Isabela lo sostuvo como pudo.
El mundo se volvió un grito.
Mateo embistió a Aurelio con una furia que ya no parecía humana. Lo estrelló contra la pared, le torció la muñeca y la pistola cayó por la escalera.
Aurelio intentó sacar un cuchillo.
Mateo lo golpeó en el rostro.
Una vez.
Luego otra.
—¡Mateo! —gritó Isabela.
No quería salvar a Aurelio.
Quería salvar a Mateo de convertirse en él.
El hombre se detuvo.
Respiraba como si cargara toda la sierra dentro del pecho.
Aurelio quedó tirado, sangrando, pero vivo.
Abajo, la puerta cedió.
Entraron hombres con faroles, rifles y capas empapadas.
Doña Clara subió la escalera con el juez detrás.
Cuando vio a Isabela, se cubrió la boca.
—Virgen santa…
Isabela no podía hablar.
Tenía a su padre en brazos.
Tomás respiraba con dificultad.
Cada aliento parecía arrancarle un pedazo de vida.
—Hija… mírame…
Ella le sostuvo la cara.
—No, no te vayas. No ahora. No después de encontrarte.
Tomás sonrió con dolor.
—Yo te entregué al infierno… pero esta noche… te saqué la llave.
—No digas eso.
—Escúchame.
Tomás metió una mano temblorosa bajo su manta y sacó un pequeño paquete envuelto en tela encerada.
—Tu madre… dejó esto.
Isabela lo tomó con dedos temblorosos.
Dentro había papeles.
Escrituras.
Nombres.
Firmas.
Y una carta amarillenta.
En el borde se leía su nombre.
Para mi hija Isabela.
Tomás exhaló con dificultad.
—Ella nunca dejó de protegerte.
Isabela apretó la carta contra su pecho.
—Papá…
Él la miró con una ternura tan profunda que le partió el alma.
—No vuelvas a vivir de rodillas.
Y entonces su mano cayó.
Isabela soltó un sonido que no parecía humano.
Un lamento hondo.
Antiguo.
Un dolor que durante años había estado encerrado en su garganta y por fin rompía todo.
Doña Clara lloraba en silencio.
El juez ordenó que ataran a Aurelio.
Los hombres lo levantaron del suelo, pero él todavía tuvo fuerza para reír.
—¿Creen que esto termina aquí? Mis socios en Durango me sacarán antes de Navidad. Todos ustedes volverán a agachar la cabeza.
Isabela dejó a su padre con cuidado en el suelo.
Se levantó despacio.
Tenía el rostro hinchado, el vestido roto y la sangre secándose en la boca.
Pero cuando caminó hacia Aurelio, nadie la detuvo.
Ni Mateo.
Ni el juez.
Ni la tormenta.
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