—Dime, mi amor.
—¿Tú me buscaste?
Clara sintió que la pregunta le atravesaba el alma.
Se sentó a su lado y le acarició el cabello.
—Todos los días. Aunque me dijeron que no estabas, mi corazón nunca dejó de buscarte.
Sophie la miró con esos ojos verdes que ya no estaban vacíos.
—Yo también.
Clara se inclinó y besó la marca de media luna en su ceja.
—Ya nos encontramos.
La niña cerró los ojos.
Por primera vez, no apretó el conejo con miedo.
Lo abrazó con calma.
Clara apagó la luz.
Pero dejó la puerta abierta.
Siempre abierta.
Y desde la sala, mientras veía dormir a su hija viva, entendió que algunas madres no recuperan el tiempo perdido.
Recuperan algo más difícil.
La oportunidad de empezar de nuevo sin pedirle permiso al dolor.
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