Severina no pensó.
Entró.
Mateo entró detrás de ella, jalando a Lucía de la mano. La niña iba tan débil que apenas levantaba los pies. La Ciega Tomasa cerró la puerta de madera con una tranca gruesa y se quedó quieta, escuchando.
Afuera, los cascos de los caballos golpeaban la piedra.
Cada golpe parecía acercarse al pecho de Severina.
—No hagan ruido —susurró Tomasa.
Severina abrazó a sus hijos y miró alrededor.
La cabaña era pobre, pero limpia. Había una mesa de madera, una olla sobre brasas apagadas, costales de maíz, hierbas colgadas del techo y una cruz vieja clavada en la pared.
Pero lo que más le heló la sangre fue ver tres escopetas apoyadas junto a la puerta.
—Usted no está sola —dijo Severina, con la voz quebrada.
Tomasa no contestó.
Se acercó a una tinaja, llenó un jarro con agua y se lo puso en las manos.
—Primero los niños.
Severina miró el agua como si fuera oro.
Mateo bebió con desesperación, pero su madre le apartó suavemente el jarro.
—Despacio, hijo.
Lucía tomó dos tragos y rompió en llanto.
No era un llanto fuerte.
Era peor.
Era el llanto de una niña que había aprendido a no pedir demasiado.
Severina bebió al final. El agua le bajó por la garganta como vida. Como perdón. Como una promesa que ya no esperaba recibir de nadie.
Entonces se escuchó el primer golpe en la puerta.
Mateo se pegó a su madre.
—¡Tomasa!
La voz de Don Cástulo atravesó la madera.
Era tranquila.
Demasiado tranquila.
—Abre. No vengo por ti.
La anciana tomó el machete.
—Cuando un perro viejo dice que no muerde, es porque ya trae sangre en los dientes.
Afuera hubo una risa seca.
—Sigues igual de loca.
—Y tú sigues igual de cobarde.
Severina abrió los ojos.
Nadie le hablaba así a Don Cástulo.
Nadie.
—Entrégame a la viuda —dijo él—. Y no volveré a molestarte.
Tomasa caminó hasta el centro de la cabaña.
Sus ojos blancos miraban hacia la puerta, pero parecía ver más que todos.
—Hace veintiocho años dijiste lo mismo.
El silencio cayó de golpe.
Hasta los caballos dejaron de moverse.
Severina sintió un escalofrío.
—¿Qué pasó hace veintiocho años? —susurró.
Tomasa no respondió de inmediato.
Pasó la mano sobre la mesa hasta tocar una caja de lata oxidada. La abrió con cuidado y sacó un paquete envuelto en tela.
—Tu marido no murió por una vaca —dijo.
Severina apretó el jarro entre las manos.
—Eso ya lo sabía.
—No. Tú sospechabas. Pero no sabías por qué.
Afuera, Don Cástulo golpeó otra vez.
—¡Abre, vieja! ¡No hagas que queme la casa!
Tomasa sonrió.
—No la va a quemar.
—¿Por qué?
—Porque aquí adentro está lo único que le queda de alma.
Severina sintió que el aire se le iba.
Tomasa puso el paquete sobre la mesa.
—Tu marido vino conmigo la noche antes de morir.
—¿Efraín?
—Sí. Venía herido. Venía asustado. Y traía esto.
Desenvolvió la tela.
Había papeles viejos. Un acta amarillenta. Una fotografía doblada. Y un medallón pequeño, de plata, con una inicial grabada.
S.
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