PARTE 2
—¿Cómo que la casa es mía? —pregunté, sintiendo que el piso se movía bajo mis pies.
El abogado, un señor de traje gris llamado licenciado Salazar, acomodó sus lentes y habló con una calma que me desesperaba.
—Su padre, Don Ernesto Morales, compró esta propiedad antes de fallecer. Dejó instrucciones para que usted la recibiera al cumplir treinta años, pero mientras tanto debía ser administrada por una persona de confianza.
Miré a Diego.
Mi papá murió cuando yo tenía diecisiete. Yo crecí creyendo que nos dejó deudas, cuentas de hospital y una caja de fotos viejas. Mi mamá se pasó años diciendo que había que aguantar porque la vida no le regala nada a nadie.
Y ahora resultaba que mi papá me había dejado una casa.
La misma casa donde mi esposo me cobraba renta.
—Tú sabías —le dije a Diego.
Él bajó la mirada un segundo.
—Era complicado.
—¿Complicado cobrarme por vivir en mi propia casa?
—Yo también pagaba cosas.
Me reí, pero me dolió hasta el estómago.
—¿Qué pagabas? ¿La mitad de una renta que terminaba en tu cuenta?
Doña Carmen se sentó en una silla de la cocina. Parecía envejecida de golpe.
—Yo encontré los papeles ayer —dijo—. En el departamento que Diego tiene en Zapopan.
—¿Qué departamento? —pregunté.
Diego cerró los puños.
—Mamá, ya basta.
Pero ella siguió.
—Tiene otro departamento. Lo compró con dinero del fideicomiso de Lucía.
La palabra fideicomiso me atravesó como cuchillo.
El abogado sacó más hojas.
—Su padre dejó también una cuenta para mantenimiento, predial, reparaciones y gastos personales de usted. Los depósitos se hicieron mensualmente durante doce años.
Me temblaron las manos.
—¿Y quién cobraba ese dinero?
Nadie contestó.
No hizo falta.
Recordé a Diego en el funeral de mi papá, cuando él tenía veinticuatro y yo diecisiete. Llegó con flores, ayudó a mover cajas, habló con notarios, le dijo a mi mamá que él sabía de trámites. Yo lo vi como un salvador.
No era un salvador. Era un hombre parado frente a una puerta abierta, esperando robar todo lo que hubiera detrás.
—Yo te cuidé —dijo Diego, como si leyera mis pensamientos—. Cuando nadie sabía qué hacer, yo estuve ahí.
—Me encontraste rota —le respondí—. Y decidiste cobrarme por respirar.
El abogado dejó otro documento sobre la mesa.
—Hay algo más. Usted cumple treinta años el próximo jueves. Ese día la administración pasaba legalmente a su nombre. El señor Diego tenía preparado un poder notarial para que usted le cediera control sobre la casa y el saldo restante.
Sentí náuseas.
Entonces entendí por qué Diego había estado tan amable esa semana. Por qué me invitó a cenar a Tlaquepaque. Por qué habló de “empezar de nuevo” y de “ordenar nuestros bienes”.
Hasta para robar decía “nuestro”.
—Lucía, no exageres —dijo él, acercándose—. Tú no sabes manejar dinero. Mira esta casa. Mira cómo está.
Miré la mugre, la ropa de él, los platos de él, el refrigerador que él se negó a pagar.
—La casa está así porque dejé de servirte, no porque yo no sepa vivir.
Diego levantó la mano como si fuera a agarrarme del brazo. Doña Carmen se paró de golpe.
—Ni se te ocurra tocarla.
Él la miró con odio.
—Todo esto es por tu culpa.
—No —dijo ella, llorando—. Mi culpa fue criarte creyendo que merecías todo. Lo demás lo hiciste tú.
El abogado me entregó copias.
—Le recomiendo no firmar nada, salir de aquí esta noche y mañana presentarnos en notaría. También conviene denunciar falsificación si encontramos firmas que no sean suyas.
—¿Falsificación? —pregunté.
El abogado dudó.
Doña Carmen sacó una hoja doblada de su bolsa.
—Encontré esto también.
Era una autorización bancaria. Tenía mi nombre. Y mi firma.
Pero yo jamás había firmado eso.
Diego se puso tan blanco que por fin supe que todavía faltaba lo peor.
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