PARTE 1
—Si quieres papel de baño, cómpralo tú; yo no soy tu patrocinador —me dijo mi esposo, mientras desayunaba con el reloj de cuarenta mil pesos que acababa de comprarse.
Ahí entendí que mi matrimonio no era una familia. Era una sociedad donde yo ponía el alma y él solo ponía reglas.
Me llamo Lucía, tengo veintinueve años y vivo en Guadalajara. Durante seis años estuve casada con Diego Aranda, un ingeniero que ganaba cuatro veces más que yo y aun así repetía, como si fuera mandamiento:
—Aquí todo es cincuenta y cincuenta, mi amor. Parejo.
Parejo, según él, era dividir la renta, la luz y el internet. Lo demás eran “detallitos”: el súper, el jabón, el gas, las tortillas, el shampoo, las medicinas, el detergente, las croquetas de la perrita y hasta las veladoras cuando se iba la luz.
Esos detallitos salían de mi sueldo de auxiliar en una estancia infantil.
Yo cuidaba niños ajenos todo el día, les limpiaba mocos, les cambiaba pañales, les cantaba para que durmieran. Luego llegaba a mi casa a lavar camisas de un hombre que me hablaba de igualdad mientras escondía su dinero.
—No seas dramática, Lucía —me decía—. Tú querías ser independiente, ¿no?
Pero su independencia era comprarse tenis de diseñador. La mía era escoger si compraba carne o pagaba el gas.
La primera vez que desperté de verdad fue cuando se descompuso la lavadora. El técnico dijo que arreglarla costaba tres mil quinientos pesos. Diego estaba viendo un partido de las Chivas con una cerveza en la mano.
—Se descompuso la lavadora —le dije—. Hay que pagar el arreglo.
Ni volteó.
—¿Y por qué me dices a mí?
—Porque es de la casa.
Me miró como si yo fuera tonta.
—Pero tú eres la que lava.
Sentí un hueco en el pecho.
—También lavo tu ropa.
—Porque quieres. Yo puedo llevarla a lavandería.
Ese día pagué yo. Con tarjeta. A meses. Y me odié poquito por hacerlo.
Después falló el refrigerador. Se echó a perder pollo, leche, queso y una gelatina que había comprado para el cumpleaños de mi mamá. Diego llegó esa noche con una bolsa de Palacio de Hierro.
—Me compré un saco para la boda de Memo —dijo feliz.
Yo estaba frente al refrigerador muerto, limpiando agua sucia del piso.
—No tenemos refrigerador.
—Pues saca uno a crédito.
—Ya no tengo límite.
—Entonces organízate mejor.
Algo se rompió dentro de mí, pero no hice escándalo. Al día siguiente fui al mercado de Santa Tere y compré solo para mí. Mi café, mis huevos, mi jabón, mi papel, mis tortillas, mi shampoo. Todo lo guardé en cajas dentro del clóset.
La guerra empezó en el baño.
—¡Lucía! ¡No hay papel!
Yo estaba en la sala tomando café.
—Sí hay. En mi clóset.
Salió furioso, con la toalla en la cintura.
—¿Qué estupidez es esta?
—Cincuenta y cincuenta, Diego.
—El papel es de la casa.
—La lavadora también.
Se quedó helado. Luego aventó la puerta del baño.
Esa misma noche lo escuché hablando con un amigo en el balcón.
—Está haciendo berrinche. En unos días se le pasa. Todas se creen muy dignas hasta que se cansan.
No lloré. No grité. Solo abrí una cuenta que él no conocía y empecé a guardar dinero.
Durante dos meses saqué mis cosas poco a poco: papeles, ropa, fotos, documentos. Diego no notó nada. Un hombre que no ve que su esposa se está apagando tampoco ve cuando se está yendo.
El día que por fin puse mis maletas junto a la puerta, Diego se rió.
—¿Ahora qué show traes?
Le dejé las llaves sobre la mesa.
—No es show. Me voy.
Su sonrisa se borró.
—No vas a durar ni un mes sola.
—Sola llevo seis años, Diego.
Entonces tocaron la puerta. Era su mamá, Doña Carmen, con la cara blanca y un abogado detrás cargando un folder azul.
Diego se puso pálido.
—Mamá, no.
Doña Carmen entró, miró la casa sucia, la ropa tirada y luego me miró a mí.
—Lucía, mi hijo te ha estado mintiendo desde antes de casarse contigo.
El abogado puso un documento sobre la mesa.
—Esta casa no está rentada. Está a nombre de usted.
Me quedé sin aire.
No podía creer lo que estaba a punto de pasar…
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