PARTE 1
—Tu hija es una vergüenza para esta familia, Alejandro. Si su mamá viviera, también estaría decepcionada.
Alejandro Salinas se quedó helado al escuchar esa frase desde la escalera del sótano. Había vuelto a su casa en Bosques de las Lomas casi cuatro horas antes de lo normal, con el saco todavía puesto y el corazón golpeándole el pecho.
Tenía 42 años, era dueño de una firma de inversiones en Santa Fe y todos en la ciudad lo veían como un hombre intocable. Pero ese martes, lo único que le importaba era saber por qué su hija Sofía, de apenas cuatro años, llevaba dos semanas llorando cada mañana antes de ir al kínder.
—No quiero ir, papi, por favor… —le decía abrazada a su pierna.
Él pensaba que era una etapa. Su esposa, Renata, siempre intervenía con voz dulce.
—Déjamela a mí, amor. Tú tienes juntas. Yo fui maestra, sé cómo manejar estas cosas.
Renata había llegado a su vida un año después de la muerte de Mariana, la mamá de Sofía. Parecía paciente, educada, cariñosa. Le preparaba lunch a la niña, le compraba moños, le sonreía frente a todos.
Pero esa mañana, algo no le cuadró. En plena reunión, Alejandro llamó al colegio.
—Buenos días, soy el papá de Sofía Salinas. ¿Está en clase?
—Señor, Sofía no vino hoy. Su esposa llamó temprano para decir que estaba enferma.
Alejandro sintió que se le bajaba la sangre. Renata había hecho esa llamada antes de que él saliera de la casa, mientras fingía convencer a Sofía de ponerse el uniforme.
Manejando de regreso, no quiso avisar. Entró en silencio. La casa estaba impecable, demasiado callada. Ni risas, ni caricaturas, ni platos en la cocina.
Entonces escuchó un sollozo bajito desde el sótano.
Bajó despacio.
Sofía estaba sentada frente a una mesita, con la mano temblando y hojas regadas por todos lados. En cada hoja intentaba escribir: “Sofía Salinas”. Algunas letras estaban chuecas, otras apenas parecían garabatos.
Renata estaba de pie, con un plumón rojo.
—Otra vez. Hasta que salga perfecto.
—Me duele mi manita…
—No me importa. Una niña Salinas no puede ser mediocre.
Alejandro apareció en la puerta.
—¿Qué demonios estás haciendo con mi hija?
Sofía levantó la cara empapada de lágrimas.
—¡Papi! ¡No me dejes aquí otra vez!
Y entonces Alejandro entendió que el kínder nunca había sido el problema.
No podía creer lo que estaba a punto de pasar…
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