PARTE 2
—¿Tú me robaste a mi hijo? —le escupí.
Arturo negó con la cabeza, pero tardó demasiado. Ese silencio me dijo que no era inocente.
—Mi madre era enfermera en el hospital donde pariste —confesó—. Una madrugada llegó con un bebé y me dijo que jamás preguntara de dónde venía. Yo tenía veintidós años. Fui cobarde.
Quise golpearlo, pero las piernas no me respondían.
—¿Dónde está?
Arturo apretó los labios.
—Eso llevo años intentando saber. Mi madre lo cuidó dos años. Luego vino un hombre con dinero, escoltas y papeles. Se lo llevó. Nos obligaron a firmar que ese niño nunca existió.
Me vestí temblando. La blusa me quedó al revés, los zapatos sin abrochar.
—Llévame con quien hizo esto.
Arturo sacó una servilleta doblada. En ella estaba escrito mi nombre y la dirección del salón de baile.
—Llevo seis meses buscándote. Mi madre murió hace una semana. Antes de morir me dijo quién pagó para desaparecer a tu hijo.
—Dilo.
Arturo cerró los ojos.
—Consuelo.
No entendí. O no quise entender.
—¿Cuál Consuelo?
—Doña Consuelo Rivas. Tu suegra.
El aire se me fue.
Consuelo. La madre de Efraín. La mujer que durante cuarenta años se sentó conmigo en misa, que me llevó caldo cuando “perdí” al bebé, que me decía: “Dios sabe por qué hace las cosas, Ofelita”.
Dios no había hecho nada.
Lo había hecho ella.
Salimos hacia la iglesia de San José. Era domingo. Las señoras entraban con rosarios, bolsas elegantes y perfume caro. Ahí estaba Consuelo, noventa años, bastón de plata, vestido azul marino, erguida como reina. A su lado iba Marcela, mi hija.
—Mamá, ¿qué haces así? —preguntó Marcela al verme.
No le contesté. Caminé directo hacia Consuelo.
Ella me miró y lo supe: sabía que yo ya sabía.
Le di una cachetada frente a todos.
—¿Dónde está mi hijo?
La gente gritó. Marcela me jaló del brazo.
—¡Mamá, estás loca!
Esa palabra me partió.
Loca me llamaron cuando pedí ver el cuerpo. Loca cuando dije que la cajita del panteón pesaba muy poco. Loca cuando juré haber escuchado un bebé llorar en el pasillo.
Consuelo ni siquiera se tocó la mejilla.
—No hagas escándalos en la casa de Dios.
—Dios no vive donde usted entra.
Entonces Arturo apareció detrás de mí. Consuelo palideció.
—Ya se acabó, doña Consuelo —dijo él.
La vieja apretó el bastón.
—Ese niño no era de Efraín.
Marcela abrió la boca.
—¿Qué?
—Yo protegí a mi familia —dijo Consuelo—. Tu madre llegó embarazada de otro hombre.
—¡Mentira! —grité.
—Efraín firmó.
El mundo se quedó negro.
Efraín. Mi esposo. El hombre que me besó la frente y me dijo: “Se nos fue, Ofelia”. No lloraba por un hijo muerto. Lloraba por un hijo entregado.
Arturo sacó una grabadora pequeña.
—Su voz quedó clara.
Consuelo quiso entrar a la iglesia, pero Marcela le soltó el brazo.
—Abuela, dime que no es cierto.
—Hice lo necesario para que nacieras en una familia decente.
Marcela retrocedió como si la hubieran golpeado.
Arturo habló entonces:
—Mi madre dijo que Consuelo guardaba una carpeta. Acta falsa, pago y nombre de la familia.
Consuelo tembló por primera vez.
—Nunca van a entrar a mi casa.
Marcela levantó la cara, llorando.
—Yo sí. Tengo llaves.
Y lo que encontráramos detrás de esa cerradura iba a destruir a todos los que todavía se llamaban mi familia.
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