PARTE 1
Me acosté con un hombre que no conocía a los sesenta y cinco años… y al amanecer lo encontré llorando con una foto mía embarazada entre las manos.
No debí entrar a ese hotel de paso en Puebla.
Eso fue lo primero que pensé cuando abrí los ojos y vi la luz gris metiéndose por una cortina percudida. La sábana olía a perfume barato, alcohol y vergüenza. Yo, Ofelia Rivas, viuda desde hacía tres años, abuela sin nietos cercanos y madre de una hija que solo me buscaba para trámites, había querido sentirme viva una noche. Nada más.
Lo conocí en un salón de baile para adultos mayores, de esos donde todavía ponen danzón, cumbia vieja y boleros que le rompen a una lo que queda del corazón. Mi comadre Berta me llevó casi a rastras.
—Ya quítate esa cara de velorio, Ofelia. Efraín ya se murió, pero tú no.
Me puse labial rojo, una blusa color vino y unos aretes antiguos de piedra verde que habían sido de mi madre. No esperaba nada. Pero entonces apareció Arturo: traje oscuro, cabello canoso, ojos tristes y una manera de mirarme como si no viera mis arrugas, sino todo lo que yo había enterrado.
Bailamos. Luego tomamos café. Después brandy. Y luego dejé de pensar.
No fue amor. Fue hambre. Hambre de piel, de no ser mirada con lástima, de que alguien me tocara sin preguntarme si ya había tomado mis pastillas.
Pero al despertar, Arturo estaba sentado al borde de la cama, vestido, temblando. En sus manos sostenía una fotografía amarillenta.
—¿De dónde sacaste eso? —pregunté.
Él volteó. Tenía los ojos rojos.
La foto era mía. Yo a los veinticinco años, con vestido blanco y una panza de siete meses. La misma foto que Efraín me tomó en la feria de San Francisco, dos meses antes de que me dijeran que mi bebé había nacido muerto.
—¿Quién eres? —susurré.
Arturo metió la mano en su saco y sacó otra foto. Un recién nacido envuelto en una cobija azul. En una esquina, pegados con cinta, estaban mis aretes verdes.
Sentí que el cuarto se me venía encima.
—Ese bebé era tuyo —dijo él, quebrándose.
—Mi hijo murió.
—No, Ofelia.
Yo nunca le había dicho mi nombre.
—¿Quién eres? —le grité.
Arturo bajó la mirada.
—Soy el hombre que recibió al niño que te robaron.
Se me doblaron las piernas. La cama, la noche, mi culpa, todo desapareció. Solo quedó esa frase atravesándome como cuchillo.
Y yo todavía no sabía que lo más imposible estaba por ocurrir…
Leave a Comment