PARTE 2
Por primera vez en mi vida, mi propio hijo me cerró la puerta en la cara.
Me quedé parado en la banqueta, temblando de coraje y miedo. Fernanda ya hablaba por teléfono, fingiendo angustia:
—Oficial, hay un señor alterado afuera de mi casa… creemos que está teniendo una crisis.
Ahí entendí su plan. Hacerme parecer un viejo loco.
Me subí al Tsuru y arranqué, pero no me fui. Di la vuelta a la cuadra, estacioné dos calles abajo y llamé a emergencias como si fuera un vecino.
—Hay un niño gritando en una casa. Por favor, manden a alguien.
Después regresé por la parte trasera. Conocía esa casa. Yo mismo ayudé a Roberto a arreglar varias cosas cuando la compró. Recordé que la ventana del baño de servicio nunca cerraba bien. Me subí a un bote de basura, forcejeé como pude y entré.
Mis rodillas tronaron, pero mi corazón iba más fuerte que el dolor.
Caminé despacio hasta el lavadero. La puerta estaba cerrada con seguro sencillo. Usé una tarjeta vieja para abrirla.
Pedrito estaba casi dormido, con la cabeza caída.
—Mijo —susurré—. Soy yo.
Abrió los ojos apenas.
—Abuelito… me dieron una medicina amarga. Dijeron que así me iba a callar.
Sentí ganas de gritar, pero me contuve. Le solté las manos. La cadena tenía candado. Busqué algo y encontré un martillo pequeño.
Entonces escuché pasos.
—Voy a ver si el mocoso sigue respirando —dijo Fernanda desde el pasillo.
Me escondí detrás de la lavadora.
Ella entró con una cerveza en la mano. Se agachó frente a Pedrito.
—¿Ya vas a pedir perdón?
—Ya pedí perdón… la tele se cayó sin querer.
—Mentiroso. Corriste a contestarle al viejo ese y la rompiste.
Le dio una cachetada en la pierna.
No aguanté más.
—Suéltalo.
Fernanda gritó. Roberto llegó corriendo.
—¿Cómo entraste, papá?
—Como tenía que entrar. Como entra un abuelo cuando su nieto está en peligro.
Roberto sacó el celular.
—Policía, mi padre invadió mi casa y quiere secuestrar a mi hijo.
Yo terminé de romper el candado y cargué a Pedrito. Estaba flaco, caliente, débil. Se abrazó a mi cuello como cuando era chiquito.
—No dejes que me lastimen otra vez.
—Nunca más.
Roberto se atravesó en la puerta.
—No sales con él.
Lo miré a los ojos. Busqué al niño que yo había criado, al hijo que llevaba a la primaria, al muchacho que abracé cuando nació Pedrito. Pero ya no estaba.
Lo empujé.
Salí a la sala justo cuando llegaron dos patrullas. Roberto gritaba que yo estaba loco. Fernanda lloraba sin lágrimas. Los policías me apuntaron con la mirada dura.
—Señor, suelte al niño.
Antes de que yo respondiera, Pedrito levantó la cabeza.
—No, oficial… ellos me hicieron esto. Tengo pruebas.
Roberto se puso blanco.
—Está inventando.
Pedrito susurró:
—Mi celular. Está escondido en mi cuarto. Grabé todo.
Y cuando el policía subió por ese teléfono, todos entendimos que la verdad apenas iba a empezar a salir…
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