PARTE 1
—Abuelo, no vengas a la cena de Navidad. Mi papá dice que aquí ya no eres bienvenido.
La voz de Pedrito me cayó como una cubeta de agua helada. Eran las siete de la noche del 24 de diciembre y yo estaba solo en mi casita de Nezahualcóyotl, calentando romeritos y un poco de bacalao que había preparado “por si acaso” mi familia se animaba a visitarme.
—¿Cómo que no soy bienvenido, mijo? —pregunté, apretando el teléfono con mis manos de viejo soldador.
Del otro lado hubo silencio. Luego escuché un sollozo.
—Yo sí quería que vinieras, abuelito… pero mi papá y Fernanda dijeron que tú siempre arruinas todo.
Fernanda era la esposa de mi hijo Roberto. Desde que se casaron, me trataba con esa cortesía fría de quien te sonríe nomás para que no digan que es grosera. Para ella yo era el viejo pobre de Neza, el suegro incómodo que llegaba en un Tsuru gris y hablaba demasiado de tiempos difíciles.
—Pedrito, ¿estás bien? —le pregunté.
—Tengo que colgar. Ya vienen.
La llamada se cortó.
Me quedé viendo la pantalla como si todavía pudiera sacar de ahí la verdad. Desde que murió mi esposa, Lupita, Roberto se había ido alejando. Primero dejó de traer a Pedrito los domingos. Luego dejó de contestarme llamadas. Después empezó con eso de que yo estaba “grande”, “confundido”, “muy sensible”.
Pero la voz de mi nieto no sonaba triste. Sonaba asustada.
Me puse mi camisa azul, la única buena que tenía, agarré los regalos que había comprado con mi pensión: un carrito de herramientas para Pedrito, una bufanda para Fernanda, una botella de tequila para Roberto. Luego encendí el Tsuru y manejé hasta la casa de mi hijo, en un fraccionamiento bonito por Satélite, donde las casas tenían luces perfectas y familias que parecían felices desde afuera.
Toqué el timbre. Nadie abrió.
Entonces rodeé la casa. Por la ventana de la sala vi a Roberto sentado en el sillón, tomando cerveza, viendo una película. Fernanda estaba junto a él, maquillada, con vestido rojo, comiendo botanas. La mesa estaba puesta para dos.
¿Y Pedrito?
Caminé hacia la parte trasera. Del cuarto de lavado venía un llanto bajito, como de alguien que se aguanta para no hacer ruido.
Me asomé por la ventana.
Mi nieto estaba sentado en el piso frío, con las manos amarradas atrás y los tobillos sujetos con una cadena de bicicleta a la tubería del lavadero. Tenía un ojo morado, el labio partido y un plato de comida fría a un lado.
Sentí que el mundo se me rompía.
Regresé corriendo a la puerta y golpeé con todas mis fuerzas.
Roberto abrió furioso.
—Papá, te dije que no vinieras.
—¿Qué le hiciste a mi nieto?
Fernanda apareció detrás de él y se rió.
—Ay, José, no empieces con tus locuras. El niño está castigado.
—¡Está encadenado!
Roberto me empujó.
—Vete antes de que llame a la policía.
Y entonces, desde el fondo de la casa, escuché la voz de Pedrito:
—¡Abuelito, ayúdame!
No podía imaginar lo que estaba a punto de pasar…
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