de las cinco.
Ahí estaba. La palabra que yo esperaba.
Necesitamos.
—¿Por qué antes de las cinco? —pregunté.
Diego se pasó una mano por la cara. Por primera vez, vi miedo real en sus ojos.
—Porque yo arreglé las cosas.
—¿Qué arreglaste?
No contestó.
Caminé hacia la sala, tomé la carpeta azul que había dejado sobre el sillón y la puse sobre la mesa. Él la miró con ansiedad, creyendo que ahí estaban las claves bancarias, los datos de la cuenta, la solución a su desastre.
—Diego —dije—, dime exactamente qué hiciste.
Doña Teresa intervino.
—Hizo lo que un hombre responsable hace por su familia.
Yo la miré.
—¿Responsable?
Diego habló rápido, como quien se quita una curita.
—Firmé un préstamo puente. Solo temporal. Puse la casa como garantía.
Durante unos segundos no escuché nada. Ni el tráfico afuera, ni el refrigerador, ni la respiración de mi suegra. Solo esa frase.
Puse la casa como garantía.
La casa que yo había ayudado a pagar. La casa en la que vivíamos. La casa cuyo enganche había salido de mis ahorros, no de los suyos.
—¿Con mi firma? —pregunté.
Diego tragó saliva.
—Fue un trámite. Estabas muy afectada por lo de tu mamá. No te iba a molestar con eso.
La sangre me ardió.
—¿Falsificaste mi firma?
—No lo digas así.
Doña Teresa dio un paso adelante.
—Ay, por favor. Firmita, firmota, da igual. Al final es para salvar a la familia.
Abrí la carpeta y saqué el primer documento.
Diego sonrió apenas, todavía creyendo que había ganado.
Pero su sonrisa se borró cuando leyó el encabezado.
Fideicomiso irrevocable.
—¿Qué es esto? —preguntó.
Leave a Comment