—¿Ya le prometiste a Alejandro que yo iba a pagar? —pregunté sin levantar la voz.
Diego parpadeó, sorprendido por mi calma. Pensó que me estaba rindiendo.
—Tuve que hacerlo —respondió—. No había otra opción.
—¿A quién le debe?
Doña Teresa se cruzó de brazos.
—Eso no importa.
—Sí importa —dije, mirando solo a Diego—. ¿A quién le debe?
Él apretó la mandíbula.
—A unos prestamistas. Gente pesada de Tepito. Alejandro se metió en un préstamo para levantar otro negocio y… las cosas se complicaron.
Casi me reí, pero no de gracia. De incredulidad.
—¿Otro negocio?
—Una distribuidora de tequila artesanal —dijo Diego, como si eso sonara serio—. Pero lo estafaron.
—Claro. Siempre lo estafan.
Doña Teresa se puso roja.
—No hables así de mi hijo.
—Tu hijo lleva años viviendo de los demás.
Diego golpeó la mesa.
—¡Ya basta, Marisol! El punto es que necesitamos pagar hoy antesPróxima
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