Pero la supervivencia, en este momento, no es alivio.
Es una carga.
Una carga pesada, dolorosa e implacable.
Porque la supervivencia significa recordar.
Significa despertar a un mundo que ya no tiene sentido.
Significa vivir con ecos, voces diminutas que una vez llenaron habitaciones ahora reemplazadas por el silencio tan fuerte que duele.
Imagina los juguetes que quedan intactos.
La ropa que nunca se volverá a usar.
Las camas que permanecerán vacías.
Imaginen los momentos congelados en el tiempo: el último abrazo, la última sonrisa, la última vez que escuchó su risa sin saber que sería la última.
Esta es la realidad que ahora lleva.
Y no está sola en su sufrimiento.
Hay otros, dos sobrevivientes adicionales cuyos nombres aún no conocemos.
Una mujer.
Un adolescente.
Cada uno de ellos lleva su propia versión de este trauma.
Cada uno de ellos cambió para siempre.
Uno de ellos escapó saltando de un techo.
Piense en eso por un momento.
El instinto de sobrevivir tan fuerte que anula el miedo, el dolor, la gravedad misma.
Ese momento, la decisión de saltar, no era solo físico.
Fue desesperación.
Fue la supervivencia.
Fue un grito de vida frente al terror inimaginable.
Y de alguna manera, todavía están aquí.
Sigue respirando.
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