Ahí Leonardo se sentó en uno de los sillones y le señaló el otro para que ella también lo hiciera. Claudia se sentó con las manos en las piernas sin saber qué esperar. Él se quedó en silencio unos segundos mirando hacia la ventana. Luego habló.
le dijo que había estado pensando en muchas cosas, que ver a Renata lo había hecho recordar, que no había hablado de eso en mucho tiempo. Claudia solo lo escuchaba. Sin interrumpir, Leonardo le contó que su esposa, Daniela, había sido diagnosticada con cáncer dos años después de casarse, que al principio pensaron que se iba a curar, que iba a ser solo una etapa difícil, pero no fue así, que la vio apagarse poco a poco, que vivió la enfermedad con ella día por día, noche por noche, que lo intentaron todo, viajes, tratamientos, doctores, nada sirvió. murió en casa en su cama una madrugada. Leonardo la vio irse, no
se despidió, solo se fue. Claudia sintió un nudo en la garganta. No sabía qué decir, solo lo miraba con los ojos abiertos, aguantando las ganas de llorar. Leonardo respiró hondo y dijo que después de eso apagó todo, que no quería ver a nadie, no quería hablar, no quería sentir, solo se metió al trabajo, a los números, a los correos, a las juntas y que así había vivido hasta que apareció esa niña.
Renata dijo que al principio solo le llamó la atención que hablara tanto, que fuera tan suelta, pero que luego empezó a sentir algo que no entendía. una especie de calor, de movimiento dentro del pecho, una risa que salía sin que la buscara. Claudia bajó la mirada, no sabía si eso era bueno o malo.
Leonardo la miró a los ojos y le dijo que no era su intención abrir heridas. Solo quería que supiera que la entendía, que él también había perdido, que sabía lo que dolía. Claudia no aguantó más. Las lágrimas empezaron a caerle sin permiso.
Le contó su historia, cómo su esposo murió en el auto, cómo fue reconocer el cuerpo, cómo fue tener que explicarle a su hija, aunque ni siquiera tenía edad para entender cómo se sintió sola, desamparada, vacía, cómo dejó de vivir para solo sobrevivir. Leonardo no la interrumpió, solo la escuchaba con la cara seria, pero los ojos cargados. Cuando Claudia terminó de hablar, los dos se quedaron en silencio, largo, pesado.
Leonardo se levantó y caminó hacia la ventana. Dijo algo sin mirarla. No sabía cuánto necesitaba volver a escuchar una risa en esta casa. Claudia se limpió las lágrimas con la manga. Se sentía expuesta, como si hubiera dejado todo su dolor sobre la mesa, pero no se arrepentía. Algo se había liberado.
Renata entró corriendo al estudio en ese momento con una flor en la mano. Era una de las que había arrancado del jardín. Se la dio a Claudia con una sonrisa, como si supiera que algo no estaba bien. Claudia la abrazó fuerte sin decir nada. Leonardo las miró y por primera vez Claudia no sintió la distancia entre él y ellas.
Ese día no trabajó como de costumbre. Marta le dijo que se quedara sentada, que no se preocupara. José le llevó un café sin que se lo pidiera. Nadie preguntó nada, pero todos entendieron que algo había pasado. No era un día cualquiera. Ya de regreso en el camión, Claudia iba callada con Renata dormida sobre su brazo.
El movimiento del vehículo y el ruido de la ciudad la envolvían como un zumbido lejano. cerró los ojos un momento y pensó en todo lo que había dicho, en lo que había escuchado, en Leonardo, en esa tristeza que él también cargaba y que ahora parecía que los unía sin querer. Cuando llegaron a casa, Renata se acostó sin cenar.
Claudia la ropó, le besó la frente y se quedó un rato viéndola dormir. Luego se sentó en la sala a oscuras. Pensó en su esposo, en su vida antes del accidente, en los sueños que se habían roto, pero también pensó en la posibilidad de volver a empezar, no con ilusión ni romanticismo, solo con la idea de que tal vez no todo estaba perdido.
Y así, mientras la ciudad seguía su rutina afuera, en una casita pequeña al sur de la ciudad, una mujer cansada, con el alma hecha a pedazos, se permitió cerrar los ojos con algo más que dolor en el pecho. Era viernes, uno de esos días tranquilos en la casa, con el cielo despejado y un aire fresco que se colaba por las ventanas abiertas, Renata jugaba en el jardín con una pelota de tela que José le había regalado.
Claudia limpiaba los cristales del pasillo principal mientras la escuchaba reírse al otro lado del ventanal. Leonardo estaba en su despacho, pero la puerta estaba entreabierta, como ya era costumbre desde que Renata empezó a frecuentar la casa. Se escuchaba música suave, una de esas listas de jazz instrumental que ponía en bajo volumen mientras trabajaba. Todo parecía estar bien hasta que sonó el timbre. No era común que alguien tocara la puerta principal.
Normalmente entraban por la reja lateral o avisaban antes. José fue a ver quién era y regresó con cara de esto no me gusta. Tocó en la cocina y llamó a Marta, que dejó lo que estaba haciendo, y fue a la entrada. Claudia miró de reojo desde donde estaba. José murmuró algo que no alcanzó a escuchar y Marta frunció el ceño.
Unos segundos después, la voz se escuchó fuerte y claro en el recibidor. Es que ahora no me van a dejar entrar. La mujer que entró era de esas que se hacen notar sin querer. Alta, delgada, de unos tre y tantos, con un peinado perfecto y ropa que olía a perfume caro desde 5 m antes.
Llevaba unas gafas oscuras que se quitó lentamente, como si estuviera actuando para alguien. caminó por la sala sin esperar permiso, como si la casa fuera suya, y en parte lo había sido. Era Julieta, la hermana menor de Daniela, la esposa fallecida de Leonardo. Claudia nunca la había visto, pero bastó una mirada para entender que esa mujer traía otra energía, fría, controladora, de esas que sonríen sin que los ojos acompañen. Leonardo bajó las escaleras sin prisa, pero con cara de molestia.
Ya desde arriba su voz sonó cortante. No me avisaste que vendrías, Julieta. Ella se acercó con los brazos abiertos como si no pasara nada. Ay, por favor, Leo, ¿desde cuándo necesito invitación para venir a ver cómo estás? Le dio un beso en la mejilla que él no correspondió del todo. Se notaba que no era bienvenida.
Claudia se alejó con discreción, pero no pudo evitar mirar de reojo mientras la tensión se instalaba en la sala como una nube densa. Julieta caminó por la casa como si estuviera inspeccionando. Comentó que todo estaba igual, que nada había cambiado. Luego, sin disimular, preguntó, “¿Y esa niña que anda por ahí? ¿Ahora también tienes guardería en casa?” Leonardo respondió con voz firme. “Es hija de Claudia y no es tu asunto.” Julieta levantó las cejas.
Claudia, que escuchaba todo desde la cocina, sintió que se le helaba el cuerpo. Julieta se instaló en la casa como si fuera su visita obligada. Se sentó a tomar café con Marta, preguntó por cosas que ya no le correspondían y lanzó comentarios disfrazados de interés, pero detrás de cada palabra había juicio.
En la tarde, cuando Claudia fue a recoger los cojines del jardín, Julieta estaba sentada en una de las bancas. La miró de arriba a abajo, como midiendo su valor. Luego habló. Tú eres la mamá de la niña. Claudia asintió. Bonita, muy viva. Siempre viene contigo. Sí, señorita. Julieta fingió una sonrisa. Qué suerte tiene de estar en un lugar así. Claudia no respondió.
Julieta se inclinó un poco hacia adelante. ¿Y cuánto tiempo llevas trabajando aquí? Dos años. ¿Y siempre con tanta confianza? Claudia apretó los dientes. Solo hago mi trabajo. Julieta rió sin gracia. Claro, y parece que lo haces muy bien. Esa conversación fue corta, pero suficiente. Claudia entendió que esa mujer no estaba ahí solo de visita. Estaba observando, mediendo, juzgando.
Era como una advertencia silenciosa. Esa noche, cuando terminó su turno, Claudia salió por la puerta lateral con Renata dormida en brazos. José se acercó serio y le dijo en voz baja, “Ten cuidado con esa señora. No le cae bien nadie que no sea de su nivel.” Claudia solo asintió apretando los labios. Ya lo había notado.
Pasaron dos días. El domingo Claudia no fue a trabajar, pero el lunes al llegar notó algo raro. Marta la recibió con una cara incómoda. ¿Te enteraste? Claudia negó. Marta la llevó a un rincón y le dijo que Julieta había regresado el domingo a comer con Leonardo, que había llevado fotos viejas, que había estado recordando cosas con él, que parecía querer quedarse más tiempo.
Claudia sintió el estómago apretarse, no por celos, por precaución, porque sabía que esa mujer no venía solo a visitar. Durante la semana, Julieta apareció de nuevo varias veces, a veces con alguna excusa, otras sin ninguna, siempre bien vestida, siempre entrando como si nada. A Renata la saludaba con una sonrisa falsa, de esas que los niños detectan al instante. La niña no se le acercaba.
Prefería quedarse con Claudia o jugar lejos cuando ella estaba. Leonardo no decía mucho. Se mostraba educado, pero distante, aunque a Claudia le costaba no sentir que algo se estaba rompiendo. Una tarde, mientras Claudia limpiaba el comedor, escuchó que Julieta y Leonardo discutían en el despacho. No se oía todo, pero sí algunas palabras.
No entiendo qué haces con esa mujer aquí. ¿Desde cuándo te importa? Desde que dejaste de ser tú. No vine a discutir. Entonces, no vengas. La puerta se cerró de golpe. Claudia no sabía si debía sentirse aliviada o más preocupada. Leonardo salió poco después, caminó directo al jardín donde Renata jugaba con piedras.
Se sentó junto a ella, no dijo nada, solo se quedó mirando como la niña acomodaba las piedras en fila. Claudia los miró desde la ventana. Supo que algo estaba pasando, algo que no podía controlar. Esa noche, al llegar a casa, Claudia preparó la cena como siempre, pero apenas pudo comer.
Se sentó en la cama con Renata dormida a un lado y pensó, “No quería meterse donde no la llamaban. No quería ilusiones, pero tampoco podía negar lo que estaba sintiendo, que su hija se estaba encariñando con Leonardo, que ella también, y que ahora con la llegada de Julieta, todo eso estaba en riesgo, no por celos, no por competencia, sino porque Julieta era de otro mundo, uno que Claudia no conocía ni le interesaba conocer, pero que tenía poder. Y ese poder podía mover todo lo que con esfuerzo había empezado a construirse.
El día había empezado con calor. de esos que te hacen sudar la frente desde que sale el sol. Claudia ya se sentía cansada desde que se subió al camión con Renata de la mano, pero aguantó como siempre. A esas alturas ya no sabía si el cansancio era físico o emocional.
Desde que Julieta había vuelto a aparecer en la vida de Leonardo, todo se sentía más tenso. Ella entraba como si fuera la dueña de la casa y miraba a Claudia como si fuera un mueble viejo fuera de lugar. A Renata no le hablaba mucho, pero la observaba y eso bastaba para incomodarla. Esa mañana Claudia trató de no pensar en nada, solo en limpiar, cuidar a su hija y cumplir con su trabajo como cada día.
Renata estaba más tranquila de lo normal, quizás por el calor, quizás por ese presentimiento que a veces tienen los niños y no saben explicar. Jugaba en su rincón del jardín, pero sin tanta risa como otros días. A mediodía, el cielo empezó a nublarse de golpe, como si se fuera a caer todo de un momento a otro.
El viento se levantó fuerte y en menos de media hora comenzó a llover con ganas. Los truenos sacudieron los ventanales y los charcos crecieron rápido en el jardín. Claudia miraba desde la cocina con la frente pegada al vidrio. Sabía que esa lluvia no era de una hora, era tormenta larga. Y aunque lo primero que pensó fue en cómo iban a regresar a casa, no podía irse todavía. Le faltaban horas de trabajo.
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